Feliz Navidad, antes de que se acabe el folio. Este año Aserejé, por desgracia, tenemos un nuevo icono. (La palabra "icono" ya es un nuevo icono de la década. La palabra "icono" ya viene iconizada de serie). El motivo es un voluntario recogiendo chapapote con un palo, con sus propias manos. Una cadena humana acarreando capazos, cadena humana contra una invasión desproporcionada. A la recogida de chapapote parece que no ha llegado la revolución industrial, las máquinas. O están llegando tarde y poco. Y también, en gran parte, al margen de los gobiernos. Esta carencia, nefasta, ha puesto al ser humano como icono único. Humano con buzo o mono blanco, de plástico, ese preservativo integral que solemos ver en las centrales nucleares, fábricas de procesadores o bioindustrias, el embalaje que asociamos a la guerra vírica (Bush se ha vacunado contra la viruela). El blanco plastificado, impermeable, viene ya del petróleo, el plástico es la esencia de nuestra forma de vida, la base de nuestro pensamiento, lo que envuelve a las revistas censuradas. Todo desemboca o viene del petróleo --ahora Venezuela-- que pega sus últimos coletazos. El icono de este año será para siempre ese voluntario de blanco manchado, manchado hasta el tuétano, removiendo con sus manos o una espátula esa pasta negra que asfalta las piedras y se ha incrustado en nuestros cerebros: más o menos son de la misma época, millón de años arriba o abajo. Taladrando taladrando, hemos llegado al origen, petróleo y silicio, plástico y chips. Todo lo que nos mantiene hay que cogerlo con guantes, con pinzas. Ahora hemos de remontarnos un poco más atrás, al hidrógeno, al polvo de estrellas. A esa molécula de carbono estelar --fullereno-- que tiene la forma de un balón de fútbol. Remontarnos hasta el big bang . Ese manchurrón negro tóxico es el pecado que nos lleva, que sustenta nuestras autovías, reales o imaginarias.

La autovía es el mito preferido del progreso. La avenida lisa y refulgente, ordenada con rayas y signos. Con los árboles estabulados. Sentido mítico profundo de esas inauguraciones aparentemente triviales: asfaltar el mundo. Ese manchurrón es una edad que agoniza (la nuestra, ay), y por eso nos ha llegado tan hondo, por eso nos ha causado un impacto --además del económico, social, político-- tan geológico.

+*Escritor y periodista