El 16 de marzo pasado, el presidente Bush anunció desde las Azores que había llegado "el momento de la verdad para el mundo". Y lo cierto es que la verdad, en forma de fuego y destrucción, se ha tornado diáfana, casi apabullante, a pesar de los mecanismos de propaganda y manipulación de los agresores.

El hecho es que hemos dejado ya de marear la perdiz con la Resolución 1441, las armas de destrucción masiva, los inspectores de la ONU o el chalaneo de palos y zanahorias entre los miembros del Consejo de Seguridad.

La verdad aparece ya nítida, en toda su obscenidad: EEUU lleva años codiciando la tarta del petróleo y ahora se dedica a darle una dentellada a Irak para abrir boca y para aviso a terceros. Todo lo demás, incluido el papelón de Aznar, son simples abalorios.

De paso, esa verdad se hace también cínica: el fin (señalado por el matón) justifica los medios (en posesión de ese mismo matón). Vale todo, si así conviene al que posee la fuerza.

Valen las Naciones Unidas sólo si demuestran "estar a la altura de las circunstancias". Vale la legalidad vigente, sólo si se amolda a sus planes. Vale el informe de los inspectores, sólo si confirma lo que espera. De lo contrario, se disfraza el embuste con palabras hermosas (seguridad, democracia, comunidad internacional, orden, libertad...), y se recurre a la fuerza, a la descarnada verdad de la guerra, la muerte de inocentes, el descrédito de Naciones Unidas, la quiebra de la UE, la indignidad de algunos dirigentes y la indignación de gran parte de la ciudadanía mundial.

ASISTIMOS al espectáculo de unos iluminados, que se creen llamados a imponer sus propias reglas de juego por encima y a costa de la legalidad de todos. También al etarra la legalidad le viene corta, por eso dicta su propia ley y asesina en nombre del pueblo, aunque buena parte de éste abomine de sus crímenes. El GAL hizo lo mismo, exactamente lo mismo, aunque sus fines, no sus medios, variaban en apariencia.

Y Pinochet o Franco aniquilaron la legalidad por su cuenta e impusieron por la fuerza sus principios tramposos. Y otros iluminados estrellaron sus aviones contra las Torres Gemelas. Ahora, llegado según ellos "el momento de la verdad para el mundo", Bush, Blair y Aznar hacen lo mismo: están perpetrando un golpe de estado a nivel mundial, con los únicos --auténticos-- argumentos de la falacia y la violencia.

Bush, flanqueado por Blair y Aznar, advirtió también en las Azores de que "mañana es el día que decidiremos si la democracia puede funcionar". Con esas palabras, la democracia murió de vergüenza, mientras millones gritan desde las calles del mundo quién o qué les legitima para decidir nada. Su legitimidad, a fin de cuentas, es la misma que la del etarra, el pistolero del GAL, el bate del neonazi, el kamikaze del 11-S, la España una, grande y libre de Franco o los aviones de Pinochet arrojando sus bombas sobre el Palacio de La Moneda.

La verdad de Bush adviene al mundo envuelta en la prepotencia y la codicia del matón, en sus embustes y sofismas, en su fanatismo y su certeza de estar asistido por su Dios justiciero. Se hace patente también en el agravio a la ley y la razón, y sobre todo en los muertos, los mutilados, los huérfanos, los despedazados por la operación conmoción y pavor diseñada por el matón; en suma, los inocentes.

MAL QUE LES pese, son todos iguales. Aznar, Blair y Bush, Sadam y Bin Laden, el etarra, el esbirro del GAL, el ultra enloquecido, Pinochet, Franco y todos los matones, dictadores y golpistas del mundo. No obstante, una vez más hay que reconocer una peculiaridad en el caso español.

Aznar, su Gobierno y su partido, han contribuido en primera línea al horror de esta mal llamada "Guerra contra Sadam", pero ni siquiera tienen las narices de asumir, como sus cómplices, sus consecuencias, y una vez más pretenden disfrazar de misiones de carácter "humanitario" el envío de soldados y el entreguismo de las Bases. Como si el culpable de un atraco fuese sólo quien lleva la pistola, y el conductor del coche o el que mete las joyas en el maletín fuesen inocentes comparsas. Como si el soplón o el que planea u ordena un atentado fuese menos culpable que el que dispara en la nuca.

Llegado el momento de la verdad, gritémosla muy alto: son iguales, todos son iguales. Tan iguales como los cadáveres que quedan esparcidos a su paso.

*Profesor de Filosofía