Aunque Bush y Blair expliquen ahora que la guerra puede ser larga, no sabemos si hablan de cuatro semanas o de cinco meses. Por otra parte, desconocemos las posibilidades de resistencia del ejército iraquí tras una semana de destrucción sistemática de sus defensas logísticas. ¿Qué han logrado de verdad las armas de altísima tecnología destructora y homicida que utilizan los norteamericanos y los británicos?

Analicemos lo que tenemos, que es muy poco. Una evidencia: fracasó el intento de fulminar en un día el régimen iraquí matando a Sadam. Y unos pocos indicios de que los generales de Bush encuentran más oposición de la prevista: nos hablan de que necesitan más soldados, hay demasiados lamentos por las condiciones meteorológicas, las víctimas de fuego amigo reflejan menos precisión y más nervios de los esperados... Al mismo tiempo, las mentiras propagandísticas no convencen a nadie de que vaya a producirse la sublevación interna generalizada contra Sadam que debía acortar considerablemente la guerra. Si se mira bien, sólo progresan de forma tangible dos cosas: la indignación antibélica y el desprestigio de los líderes políticos que han empujado al mundo hacia este drama.