Una de las muchas anécdotas del fotógrafo José Antonio Duce lo sitúa, allá por los años sesenta, en uno de los palcos del antiguo Salón Oasis, justo el que daba enfrente del escenario. Allí, parapetado, disponía sus trípodes, sus equipos, y disparaba sus carretes a las vedettes de la época. Una de ellas, enfadada por los flashes, abandonó una buena noche la escena, subió al palquillo de luces y le montó un choto.

Duce sobrevivió. Hizo cine, junto a los heroicos pioneros de Moncayo Films, y continuó su trabajo fotográfico, ensayando toda clase de técnicas y elementos hasta galvanizar un estilo propio.

Ahora, el veterano artista, en una lujosa edición confeccionada por el Ayuntamiento de Zaragoza y Caja de la Inmaculada, regresa con una una obra definitiva y global, por título, simplemente, Zaragoza . Un compendio visual, patrimonial, humano, artístico, del espacio donde viven y se afanan más de medio millón de seres.

Duce, en cuyo archivo, no lo dudo, deben figurar miles de fotos de su ciudad, ha discurrido un ordenamiento lógico y poético, no necesariamente sucesivo, para hacer hablar a sus imágenes con la voz oculta del agua y las piedras. Para ello, ha renunciado a la deliberación y el fasto del estilo. Esta Zaragoza duceana que va emergiendo en el álbum carece de la psicodelia, vanguardia o experimentación de otros previos trabajos suyos.

Es fotografía limpia, realista, respetuosa con la luz y la sombra, la que encadena su visión como un paseo al natural. Decía Peter Handke (de quien el Centro Dramático de Aragón acaba de adaptar una obra) que Zaragoza, donde el escritor alemán debió pasar, de manera anónima, algún tiempo, era la ciudad más real que había pisado. Dolorosamente real, añadiría yo. Y bajo esa filosofía, olvidando las superposiciones y filtros, los trucos de laboratorio, la sofistificación de los líquidos, ha faenado el maestro José Antonio Duce.

De todas las fotos, que son cientos, dos capítulos me han impresionado particularmente: los dedicados a la necrópolis de Torrero y una más bucólica serie intitulada "Las cuatro estaciones".

El cementerio, con su fuerte carga simbólica y emocional, ha estimulado el genio del fotógrafo. Esa calavera del panteón de Gregorio Ginés y Ginés tiene un aire shakesperiano, y algo así como una ternura eterna en la desnudez de sus huesos. Los hombres de piedra que sepultan los cadáveres en la Fosa Común adquieren bajo su lente una dimensión trágica, helénica, como si ese duelo atroz de enterrar a un ser humano se celebrase por primera vez bajo el sol.

Las Cuatro Estaciones ponen el contrapunto a esas lúgubres y hermosas visiones del crepúsculo de la vida. Estalla el otoño, con sus amarillos y bronces, en la Cartuja Baja, cerca y lejos, al mismo tiempo, de la contaminación del centro urbano. Estalla la primavera, el campo de flores, en el Camino de La Sagrada, y se abate un invierno en Cantalobos.

Hay mucho más en este Duce pleno y sincero. Estatuas con la pasión cautiva, parques, puentes, espejos, miradas, el río Ebro con su soledad a la espalda...

Un libro como un alma.

*Escritor y periodista