Hay palabras que sirven y otras que no. No sirven las palabras pensadas y nunca dichas, ni las pronunciadas a destiempo, ni las que no se ciñen a la autencicidad y al raciocinio, ni las no sentidas.

Con las vacaciones pasa lo mismo que con las palabras: las hay que sirven y las que no. Por ejemplo no sirven las vacaciones cortas: una o dos semanas no son suficientes para que cuerpos y mentes descansen lo necesario después de un año de intenso trasiego laboral. Cualquier cambio requiere una adaptación, y los biorritmos humanos no son como una bombilla que se enciende y se apaga dándole al interruptor y ya está. Que no. Así, es escaso el relajo de quince días de asueto cuando se precisan, como tras un vuelo transoceánico, tres jornadas al menos para adaptarse a la nueva situación. Luego no a las vacaciones breves: la desconexión con la rutina previa casi coincide con el fin de las mismas. Y no suple esta deficiencia otra quincena libre más tarde: el problema de adaptación entonces será el mismo.

Por ello propongo vacaciones tipo Arca de Noé: de cuarenta días y cuarenta noches. Ininterrumpidos. Menos sabe a poco. Es poco.

*Doctor en Medicina y radiólogo