La herencia de Aznar, esa España que va bien es como un traje de gran apariencia pero cuyas piezas sólo han llegado a ser sujetas entre sí mediante hilvanes: irremediablemente tiende abrirse por las costuras. Una Constitución inventada en su día como una fórmula para el compromiso democrático y que está siendo consagrada hoy como dogma inamovible e intocable; una economía cuya supuesta prosperidad se fundamenta en el endedudamiento de las familias y en la eventualidad laboral y los salarios bajos; una cohesión nacional que se resquebraja; una política exterior demencial, a la orden de la camarilla que controla en estos momentos la Casa Blanca; un medio ambiente maltratado sin piedad; una cultura y unos medios de comunicación sometidos a la autocensura y a las más pedestres normas del mercado ... y, en fin, un Gobierno central y un presidente que llevan más de tres años empleándose a fondo contra la disidencia, intentando sin tregua la destrucción de los adversarios y actuando con inusual sadismo contra cualquier institucion o persona que algún día haya osado negarse a ser sometido.

Claro que ustedes me dirán que ésta es una visión exageradamente catastrofista y yo deberé darles la razón porque el país funciona en el día a día, todavía podemos pagar las hipotecas, el Plan Ibarretxe ha sido recurrido ante no sé cuantas instancias y lo de Cataluña tal vez no pase a mayores. El Gran Hermano va por la quinta edición, en Antena-3 no ha quedado títere con cabeza y la junta directiva de la Academia del Cine que auspició el no a la guerra ya está convenientemente dimitida. Bagdad queda muy lejos, los telediarios de la cadena pública (¿pública?) nos sumen en la felicidad narcótica del ¡viva mi amo! y en mayo casaremos al Príncipe de Asturias con una señorita muy televisual, muy natural y muy moderna. La selección nacional de fútbol (multimillonarios en calzoncillos) consiguió entrar en la Eurocopa tras vencer a Noruega en la repesca (en dos palabras: a cojonante ). Pronto celebraremos la Navidad, y si hay suerte igual nos toca la Lotería.

Quizás resulte aburrido volver a la carga con la diferencia entre la España oficial y la España real, entre la calmada superficie y el agitado mar de fondo. Pero una vez pasadas las elecciones catalanas que tantas y tan dispares interpretaciones han propiciado, lo que sí parece incuestionable es que el futuro inmediato se nos presenta exageradamente impredecible. Vivimos todos como con un contrato a seis meses, que puede renovarse (y con él la tranquilidad, la estabilidad y cierto bienestar económico)... o no. Es fácil pronosticarle a Rajoy (a quien ya damos todos por futuro presidente con la única duda de si alcanzará o no la mayoría absoluta) algún tremendo sobresalto. Bien porque los nacionalistas periféricos le lancen nuevos y determinantes desafíos (y ya es curioso que estemos tan inquietos por ello justo ahora que ETA empieza a morder el polvo de la derrota militar ), bien porque la economía se nos revuelva (la pasada semana el megaortodoxo y superliberal Fondo Monetario Internacional advertía de que en España hay demasiado endeudamiento, algún que otro desajuste estructural y cierta burbuja inmobiliaria que no se sabe muy bien dónde parará).

Tal vez sería una ventaja para todos que don Mariano, el heredero del trono aznarita, gane las próximas generales sólo por mayoría simple y deba volver a los cambalaches con éstos y aquellos. Así estaría obligado a asumir la realidad, bajar de la gloria y sobre todo reducir la inquina, el revanchismo y la mala baba que José María, su padrino, introdujo en la vida política desde que tuvo en su mano el rodillo parlamentario.

Sin flexibilidad y buen rollo, sin realismo y profundidad democrática, sin generosidad y diálogo, sin sentido de la responsabilidad y sin autocrítica, la situación puede empeorar... y mucho. Entre 1978 y 1995, las Españas no sólo se modernizaron, se democratizaron y se pusieron de bastante buen ver, sino que solventaron las viejas y cruentas batallas entre fascistas y demócratas, conservadores y progresistas, carlistas y liberales, monárquicos y republicanos, el centro y la periferia, la patronal y los sindicatos, la izquierda y la derecha... Es cierto que aún hubimos de pechar con el terrorismo neonazi de ETA y con la eventual destemplanza de los más radicales (en versión patriótica, fascistoide, revolucionaria o religiosa), pero, salvo en el País Vasco, nadie tenía ya el corazón helado. Algo está pasando, porque ahora somos muchos los que notamos un frío inusual en el pecho y miramos al futuro con recelo. Ojalá sean sólo aprensiones.