Vuelve Martínez el Facha, pero no de la mano de El Jueves, ni de Alfonso Guerra, el policía malo, sino del presidente del Gobierno, el muy progresista José Luis Rodríguez Zapatero.

Esta vez ha sido él, y no un vicepresidente del Gobierno o un compañero del partido, quien ha levantado el dedo acusador para señalar a los conservadores con su estigma más infamante, el que menos pueden soportar: ultras, radicales, extremistas de derecha... Fachas, en una palabra.

Además, Zapa, en plan revisionista, nos ha historiado en su último mitin la transición política, que, a la luz de su razón, lleva el mismo camino expurgador de la guerra civil. El presidente calificó a Adolfo Suárez y a su partido ucedista de "derecha democrática", frente a los hábitos neopopulistas que supuestamente practican Mariano Rajoy y su camada azul.

Al error de juventud, por descalificar a un partido votado por más de nueve millones de españoles, hay que añadir (pero no como disculpa) que Zapatero, en efecto, era joven cuando la transición.

Sin embargo, su partido ya era viejo, y quizá por eso, por veteranía y jacobinismo, el PSOE renunció, entre otras muchas cosas, a la dialéctica marxista y a establecer en España un Estado de las Autonomías medianamente justo, sin locomotoras y vagones de cola. Zapa y los suyos nos metieron, de entrada, en la OTAN, y, en medio de una oleada de corrupción desconocida durante el sexenio de esa "derecha democrática" de Suárez y Leopoldo Calvo--Sotelo, estiraron hasta el final la dictablanda de Felipe González. Sin la menor crítica ni autocrítica, por cierto, del entonces diputado por León.

Zapatero se comió todos aquellos marrones, uno tras otro, desde Juan Guerra a Roldán, sin rechistar en su escaño, aquilatando su talante democrático y progresista con incipientes reflexiones metapolíticas que hoy, devenido en presidente, brotan como fogonazos de su joven y yo creo que confusa memoria histórica.

Todo el mundo, incluidos los diputados del PP, que ahora, por etiquetado de Moncloa, pertenecen a la extrema derecha, podría sin apuro actualizar a ZP muchas de sus votaciones opacamente claras y precariamente democráticas. No siempre que oprimiese el botón (y Zapa era de los diputados que le daban al botón) por instrucciones de Guerra o de Txiqui Benegas brillaría esa conciencia tan limpia y democrática, tan progresista y sensata, de ZP.

En esa tentación permanente de descalificar a los conservadores desde las fuerzas de izquierda han coincidido una y otra vez los ideólogos socialistas, pero nunca, que yo recuerde, de manera tan burda y directa, tan demagógica, y cediendo al presidente en persona la comisión del trabajo sucio. Siendo evidente que el partido de Rajoy ha experimentado un escoramiento, el PP no es ni puede ser la extrema derecha porque ese concepto debe quedar reseñado para el violento y el xenófobo, para el nazi, para el terrorista intelectual o para el facha --aquí, sí-- que impide un estreno teatral.

Y esta demagogia real, este discurso infantil y grotesco sucede a muchos meses de los comicios. ¿Qué nuevas perlas nos reservará, hasta entonces, el centrado ZP?

Escritor y periodista