Tengo un quiosquero que se las sabe todas. Nada más entrar en su garito el pasado domingo, me sorprendió al entregarme una enorme bolsa de plástico. ¿Para qué, Antonio?, le pregunté. Y con la mejor de sus sonrisas me espetó un somardón "tu mismo; sírvete". Vaya que si lo comprendí. Cinco periódicos y todo un rimero de suplementos, cedés, publicidad y libros llenaron una bolsón cuyo peso ulceraba mis manos, por no hablar del liviano bolsillo (treinta euros la broma) o del galimatías generado por el proceso de ordenar y cumplimentar cartillas mediante el correcto uso de cupones, tijeras y pegamento. Lo dice, y con mucho tino, mi amigo Javier Gálvez: cualquier día de estos iremos a comprar el pan y nos regalarán el periódico. ¿Acaso se han vuelto locos los editores de prensa? No lo parece, y si de tal modo actúan --expertos como son en conocer la realidad y tratarla--, seguro que tienen sus razones. Pero alguien debería poner un tanto de sentido común y frenar esa carrera por llenar los limitados anaqueles domésticos con libros y más libros que, lamentablemente, en muchos casos dormirán el sueño de los justos convirtiéndose en incómodos cachivaches mecidos en brazos del polvo y del olvido. ¿No les parecería más adecuado que en esta lucha por extender la lectura, la información y subsiguiente compra de los medios escritos que tal cometido cumplen, fueran las instituciones públicas las encargadas de impulsar campañas en tal sentido? Tarea que, de paso, justificaría la existencia de Ministerios y Consejerías de Cultura.

Profesor de Universidad