La prueba nuclear de Corea del Norte, además de constituir un desafío directo a la comunidad internacional, modifica brutalmente el equilibrio de fuerzas en el noreste de Asia y despierta lógicos temores de una frenética proliferación de armas de destrucción masiva y de que estas lleguen a manos de grupos terroristas incontrolados.

Tres meses después de una resolución por unanimidad del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, exigiendo al régimen estalinista de Pyongyang la suspensión de su programa de misiles balísticos, el estallido de una bomba atómica norcoreana el pasado domingo confirma el fiasco diplomático y el sometimiento del orden internacional a un inédito e innoble chantaje nuclear.

INTERESES La crisis extrema no se debe solo al comportamiento errático de un régimen odioso, curtido en operaciones de piratería internacional y que no retrocede ni ante la hambruna de su población, sino a los intereses bastardos de las grandes potencias. China, de la que depende la supervivencia del régimen norcoreano, está paralizada por una ambivalencia de raíces históricas y por una curiosa interdependencia geopolítica que le lleva a tolerar la paranoia y la megalomanía de unos dirigentes que fueron sus aliados.

En Washington, ante los límites de su poder, los últimos tres presidentes nunca supieron si era mejor negociar con el déspota norcoreano o derrocarlo. La estrategia de la fuerza preventiva del presidente norteamericano, George Bush, se halla en el disparadero. Porque lo que sí sabemos ahora es que una acción punitiva contra Corea del Norte desencadenaría un cataclismo sin precedentes en la península dividida. En Japón y Corea del Sur, los países más vulnerables, aliados de Estados Unidos, crecen el temor y una sorda cólera, pero también la tentación de una azarosa carrera armamentista.

RIESGOS El conflicto vuelve al Consejo de Seguridad de la ONU, hasta ahora reticente ante el uso de la fuerza, pero sometido al desafío del hecho consumado. Ayer, en una reunión de media hora, logró condenar por unanimidad de los 15 países que lo componen el test atómico y en los próximos días hará públicas las posibles sanciones. En sus manos está hacer frente de manera inequívoca a los riesgos de esta nueva insurgencia contra el principio de la no proliferación, tutelado desde 1968 por las cinco grandes potencias. Los casos de India, Pakistán e Israel ilustran el fracaso universal. Porque, a menos que ese principio absoluto y tranquilizador se acompañe de la voluntad de acabar con todos los arsenales nucleares existentes, el siniestro dominó nuclear y la diseminación proseguirán su curso inexorable.