Ay qué fiestas más buenas, buen tiempo, lluvia, calor, fresco nocturno. Este superveranillo no se puede dar por habitual, esto es ya cosa de los humos de los coches, que siguen saliendo de fábrica con el tufo de serie y la tufarra extra. Desde que empezó el señor Ford con el modelo T no hemos parado de disfrutar acelerando, echando ceodosismo a la boira atmosférica, pero hay que cambiar, hay que ver que esa época gloriosa y holocáustica ha terminado, con sus gulags y sus genocidios. Sólo sobreviven las bombas atómicas, más apreciadas en los mundos residuales, que no saben cómo llamar la atención, la bomba es el último márketing de los pobres, la bomba sucia, pirata, hecha con fórmulas revendidas y pegotes. El auto a tufarra, que tantos momentos inolvidables nos viene dando, sobre todo en el cine al que imitamos de malas maneras, se ha convertido estadísticamente en un horno crematorio popular con el que nos vamos incinerando a nosotros mismos alegremente; el ceodos se nos agarra a la pechumbre y los campos y acequias se llenan de mejilloncicos sin alma. El Papa ya ha dicho o va a decir que los mejilloncicos cebriles, con ese poco tamaño, no tienen derecho a alma, como antes las mujeres. Y al quitar el limbo sin avisar y sin poner recambio, la mayor parte de la fauna se queda en un sumperlimbo, todos ilegales, criaturas de Dios y San Francisco, todas sin papeles, de Noé hasta el mejillón. Ah, qué malas son las prisas. Total, que llega el salón del automóvil de París y lo que venden las marcas de coches es que no se adaptan al cambio de tendencias, que hemos de seguir diez o veinte años más emitiendo y tragando tufo, tufarra, rufarrón verbenero, ceodos, etc. Aunque se derritan los casquetes, los fabricantes de coches no se inmutan: toda la innovación la echan en abombar la chapa, cosas que ya vienen del renacimiento y su barroco, cosas superfluas que ya las hacían mejor los tuneadores asirios. Con esta actitud polucionadora extrema las automovileras son casi peor que las tabaqueras, que ya es decir. Las tabaqueras funcionan en la sombra, suben y bajan la nicotina y sus venenos adictivos sin pedir permiso a nadie, y el Consejo de la ONU tampoco se preocupa más que de Corea la Mala y sus bombas sin la etiqueta CE. Los gobiernos sólo se atreven con los ciudadanos. Que lo del tabaco lo solucionen los bares. Y los coches, a su aire.

Periodista y escritor