Fui testigo hace unos días de una escena trivial, por lo común, y tremenda como síntoma de lo que pasa. Vi a un niño y a su madre en la puerta de un supermercado, él fuera de sí y ella, la pánfila, sin inmutarse. El niño, cogido al carrito de la compra a rebosar y haciendo ceprén contra su madre. No sé lo que quería, aunque lo gritaba llorando como un energúmeno, ni lo que pensaba su madre que callaba como una estúpida. Da igual. Aquel niño no tenía modos ni crianza, aquella pánfila no lo había educado. De haber tenido dinero antes de hacerlo, hubiera podido tener un hijo menos molesto. Pero le salió, creo, lo mismo que ella: un consumidor compulsivo.

LA CIENCIA avanza que es una barbaridad. Hoy día es técnicamente posible seleccionar embriones humanos antes de su implantación. Pero esta técnica, que permite descartar cigotos con enfermedades hereditarias, podría utilizarse también para implantar sólo los seleccionados de acuerdo con disposiciones genéticas a gusto de los padres. Por otra parte, existen ya bancos de semen humano para la reproducción asistida. Y de hecho hay demanda de semen selecto, de universitarios sanos preferentemente, cuya oferta se anuncia por Internet. ¿Nos dirigimos hacia una eugenesia liberal de mercado como se pregunta, perplejo, Jürgen Habermas? Porque sin barreras morales o legales que lo impidan, los que puedan pagarlo tendrán pronto hijos a la carta. Obviamente serán a su imagen y semejanza: como ellos son o les gustaría ser, y en la medida en que aumente su poder --¿adquisitivo?-- aumentará la responsabilidad moral por tener los hijos que tengan, con el riesgo de que disminuya en éstos hasta límites intolerables la de hacer ellos su propia vida.

Todo lo que amplía el conocimiento y la capacidad técnica de la humanidad sobre la naturaleza externa y sobre la especie humana, amplía el campo de juego de la libertad: hay más opciones para elegir la mejor. Bienvenido sea el progreso de la ciencia. Pero este progreso sólo es para bien si aumenta, con la libertad de elección, la conciencia de responsabilidad en quien elige. Por eso hay que recordar que la mayor amenaza para la supervivencia de la humanidad sobre la tierra no es una catástrofe ecológica sino moral: la ausencia de responsabilidad y la falta de principios éticos, sin olvidar la escasez endémica de energía moral para mantenerlos. Responsabilidad, digo, para hacerse cargo de la propia vida; es decir, para responder de lo que uno hace consigo, de lo que hace a los demás y de las consecuencias que se siguen en su entorno social y natural por lo que ha hecho o dejado de hacer.

EDUCAR DESDE la responsabilidad y para la responsabilidad a los hijos es la única alternativa humana a la pretensión infrahumana y demasiado humana de producirlos y comprarlos si es preciso, de vender su dignidad y la nuestra por un plato de lentejas al que los necios, ya clonados, siguen llamando progreso. Sin embargo vemos cómo se descuida lo que se llamaba antes crianza y buenos modales, es decir, educación en la familia, para confiarla en el mejor de los casos a los expertos (maestros, psicólogos y supernannys) o recurrir, en el peor, a métodos más drásticos y preventivos como la manipulación genética. Aunque al final del camino se abra un abismo para la humanidad: la sustitución de la buena crianza por la cría de niñas y niños como mascotas o productos para el mercado.

Deberíamos preguntarnos si los hijos e hijas, producidos por dejación o artificio, al enterarse de dónde vienen y cómo han venido al mundo, van a ser todavía capaces de hacerse cargo de su vida responsablemente. O si por el contrario, obtenidos a gusto de los padres como un bien de consumo para su disfrute egoísta, van a orientar el suyo pensando sólo en sí mismos sin contar con nadie. Si ya tener un hijo sin que éste lo pida es la típica excusa de los adolescentes para hacer lo que les venga en gana ("yo no he pedido que me tuvierais"), dijo la niña, es de temer que un hijo adquirido a placer en el mercado busque el suyo y se deje llevar por el capricho, por el instinto, por las fuerzas de la naturaleza, por la moda, por los ídolos de su generación o por todos los demonios sin responsabilidad alguna.

Creo que un ser humano es un principio y que los hijos no se hacen, sino que se procrean y hay que educarlos. Pienso que nacer es comenzar y no seguir como un producto acabado mientras dure. Y en este sentido pienso que es preferible creer que los hijos vienen de Dios --o de la Nada-- a pensar que vienen de París y se hacen en Disneylandia.