Lo sabemos, se nos advierte y previene, pero, al final, por una u otra razón, no hay más remedio que sacar el coche y sufrir las consecuencias que sobre el tráfico urbano acarrean las Fiestas del Pilar: atascos, bocinazos, desesperación de aparcar.

Esos y otros trastornos menudean en la semana festiva, remitiéndonos, como pobre autoconsuelo, a la previsión de que terminarán pronto, en cuanto se ilumine el cielo con la última traca de fuegos artificiales. Pero mucho me temo que eso ya no volverá a ser así.

Porque no regresarán nunca más aquellos tiempos felices, no tan remotos, en que se podía circular por el centro de Zaragoza con la absoluta seguridad de llegar puntual a cualquier cita y de conseguir sin mayores apuros un lugar para estacionar.

A medida que nos hemos introducido en el siglo XXI, con el desarrollo acelerado de la revolución urbanística perimetral propia de las grandes ciudades, el tráfico se ha ido convirtiendo en un problema casi insoluble. Entre otras cosas, por la falta de previsión de nuestros políticos, que autorizan nuevas concentraciones de vivienda urbana allá donde las comunicaciones son escasas, precarias, insuficientes o inexistentes.

No sólo ya el centro de Zaragoza, sino buena parte de sus ejes radiales comienzan a experimentar una densa saturación en días y horas punta. Densidad que aumenta sin cesar, lenta pero paulatinamente, a medida que crecen los nuevos distritos residenciales. A medida, también, que los municipios de los alrededores --la mal o eufemísticamente llamada área metropolitana-- acogen, sin contar ya con la proliferación de polígonos industriales, urbanizaciones y más urbanizaciones de adosados, viviendas bajas, incluso chalets individuales. Toda una suerte de equipamientos susceptibles de transformar en las próximas décadas los acampos y regadíos próximos a Zaragoza en una megápolis confusa, desordenada, insana y mal comunicada.

Es por eso, por la amenaza de colapso que se cierne sobre las salidas y vías periféricas de la capital de Aragón, que parece prioritario solucionar la pendiente cuestión de nuestras comunicaciones internas y de ronda.

Ese Metro que algunos partidos postulan --en particular, el PAR del precandidato José Ángel Biel-- podría suponer una solución de futuro. PSOE y CHA se oponen, ignoro la razón, a que Zaragoza disponga de su propia red de Metro; al calor de la Expo nos harán, en su lugar, ese tranvía lineal, de un sólo recorrido, que se limitará a desfocalizar el problema, en absoluto a solucionarlo. Pero llegará el momento en que las más de doscientas mil personas que en breve plazo residirán en el Actur, o los miles de familias que ya se han trasladado, o que se trasladarán próximamente a las nuevas áreas de Montecanal y Valdespartera queden semibloqueadas por los limitados y saturados accesos al centro.

¿Qué hacer, entonces? ¿Diseñar más puentes, construir más vías para el tranvía? ¿No sería mejor diseñar un Metro radial, y combinarlo con líneas de cercanías susceptibles de atender el tráfico de los municipios cercanos?

Sólo son ideas, pero de un conductor bloqueado.

Escritor y periodista