Hacía tiempo que no vivía un fin de semana tan absurdo como el pasado. Ya tengo edad para saber que habito en un país donde la paradoja, la extravagancia y el ridículo forman una trinidad sobre la que instalamos el velador para nuestras ceremonias espiritista, pero es difícil que se conjuguen una suma de factores que los muestren con tan meridiana claridad como ha ocurrido en los días precedentes. Por un lado, el partido de fútbol entre la selección vasca y catalana ha despertado grandes emociones. Por otro, en el resto de la España que cree que no es nacionalista, otro partido de fútbol, el de la selección española contra Suecia, ha sumido a centenares de miles de personas en el desánimo, la depresión y las lágrimas, mientras los cronistas no han tenido recato en hablar de que el honor de España había sido pisoteado por los bárbaros del norte (los suecos, claro).

Es difícil de entender que la práctica de un deporte inventado por los ingleses sea el barómetro que caliente o enfríe los patriotismos, pero por si fuera poco, al día siguiente, los mismos cariacontecidos españoles que se habían acostado con el honor patriótico hecho una piltrafa, recuperaron la moral y el entusiasmo, volvieron a creer en su país, porque un compatriota, en una carrera de automovilismo, conduciendo un coche francés había vencido a su máximo rival que conduce un coche italiano. No acaba aquí la cosa, porque otros compatriotas que habían viajado a Estados Unidos para hacer una demostración de las fiestas de moros y cristianos, lo hicieron sin moros, que es algo así como ofrecer una tortilla de patata sin patatas. Llega el lunes, y ya nadie aparece con cara de triunfo para demostrarnos las maravillas del carné por puntos, copiado de los franceses, porque siguen muriendo el mismo número de personas que antes de su instauración. Y al economista que declaró que la subida de las hipotecas era buena nadie le ha insultado. No me digan que no hace falta un psiquiatra.

Escritor y periodista