Una de las características del actual Ayuntamiento zaragozano parece residir en su competitiva vocación hacia los grandes eventos internacionales.

Eran ésos, quizá, la vocación primera y el primer capital que atesoraba el siempre ambicioso Juan Alberto Belloch, y los elementos dimanizadores que debían aportarse, ponerse sobre la mesa, ponerse en valor, para galvanizar la lánguida maquinaria administrativa de la primera empresa zaragozana de capital público.

En esa faceta, Belloch no ha defraudado.

Primero fue la Expo 2008, un objetivo lo suficientemente ambicioso como para, por sí solo, colmar de expectativas, y de realidades paulatinamente tangibles, toda una legislatura.

Ahora, según nos avanzan los borradores de los presupuestos municipales previstos para el ejercicio de 2007, el equipo de gobierno se propone apostar por la candidatura zaragozana como Capital Cultural de Europa para el próximo año 2016.

La idea, que ya venía revoloteando hace algún tiempo por los sucesivos departamentos de Cultura, ha tomado cuerpo entre las programaciones de Rosa Borraz.

Cuerpo y, también, impulso financiero (200.000 euros para las primeras campañas) en los recursos de Zaragoza Cultural, el instrumento ejecutivo que durante muchos años gestionó con acierto José Luis Azón y que ahora dirige José Ibáñez, otro hombre de la casa (o, en este caso, del Torreón Fortea). Doy por supuesto que los partidos de la oposición aprobarán sin reparos esta loable iniciativa y que, a principios del año próximo, estaremos ya en disposición de emprender la carrera hacia la capitalidad cultural.

Zaragoza, ciertamente, cuenta con suficientes elementos culturales y patrimoniales como para ser muy tenida en cuenta en sus legítimas aspiraciones.

En primer lugar, emergiendo como el mascarón de proa de nuestro buque insignia, aparece la figura gigantesca de Francisco de Goya. No hay creador contemporáneo (y no me refiero tan sólo al ámbito de las artes plásticas) que no haya reparado en su vanguardista herencia. Cualquier pintor, cualquier escritor que se incorpore a la corriente de la creatividad individual acabará, antes o después, por reconocer su talento, por aprender de él.

Tenemos, asimismo, a otro iconoclasta ecuménico, Luis Buñuel, y a aquel filósofo de la naturaleza humana, Baltasar Gracián, que sigue deslumbrando al mundo con su prosa límpida y conceptual. Tenemos la herencia romana, árabe y judía, el románico, el mudéjar, el gótico, el barroco, la revolución industrial y el modernismo. Tenemos a Sender, el novelista español más sólido del siglo XX, a Ramón y Cajal, a Pradilla, a Miguel Fleta...

Y tenemos, sobre todo, futuro, encarnado en las nuevas generaciones de escritores y artistas, de investigadores y ensayistas, de cineastas y poetas. Zaragoza necesita una dosis de autoestima procedente del exterior para confirmar que todo lo que posee, lo que atesora, y todo lo que crea, lo que aporta, es de primera calidad.

Escritor y periodista