Esta sorprendente revelación es una de las últimas que acompañan a la decadente, contradictoria y cada vez más caprichosa o capciosa imagen de Fidel Castro: el último de los grandes dinosaurios comunistas, el legendario Comandante de la Revolución cree en Dios. Fidel es creyente.

Lo afirma esta misma semana, en la revista Interviú, Frei Betto, el religioso que llegó a ser viceministro económico en el primer gobierno de Lula y que, a lo largo de la última década, ha venido ejerciendo como una especie de padre confesor de Fidel Castro, cuya confianza ha sabido ganarse a través de numerosas gestiones. Fue Betto, por ejemplo, quien logró desbloquear la crisis entre el poder de los Castro y la Iglesia católica cubana, arrinconada por el régimen hasta el extremo de que ningún Papa se había planteado siquiera visitar la isla, y al punto, también, de que el propio Juan Pablo II, hasta el comienzo de las negociaciones de desbloqueo, se negó a hacer siquiera escalas técnicas en el papavión.

El muro, sin embargo, comenzó a agrietarse a través de un incipiente epistolario. Castro, hombre de pluma, empezó a seducir a Juan Pablo II por medio de largas misivas en las que le expresaba su respeto, pero en las que reivindicaba también los logros y derechos de su gestión al frente del pueblo cubano.

Esas cartas llevaron a otros protocolos y, finalmente, el encuentro entre ambos líderes, con Frei Betto en primera fila, se produjo en el aeropuerto, en las calles y en las iglesias de La Habana. Cada noche, después de una dura jornada, Castro se dejaba caer por la Nunciatura para interesarse por el estado del Papa, si había cenado bien, si necesitaba cualquier cosa. En una de esas recepciones, mientras avanzaban con el papamóvil por La Habana Vieja, el pontífice recordó que, aunque Fidel les había obsequiado con numerosos regalos y recuerdos, la embajada papal no había respondido hasta ese momento. Navarro Valls, el hombre de confianza, tuvo una súbita idea. Le dijo al Papa que llevaba una cruz, y que podían regalársela a Fidel. El Papa dio por buena la iniciativa, y la cruz de Navarro Valls pasó a manos del Comandante.

A propósito de vírgenes y cruces, Frei Betto relata otra sugestiva anécdota. En el curso de una reunión amistosa con Leonardo Boff y otros teólogos de la liberación (celebrada en una de esas misteriosas mansiones secretas que tanto han contribuido a alimentar la leyenda del héroe de Sierra Maestra), Castro no tuvo el menor empacho en defender el culto popular a la cubanísima Virgen del Cobre, de manera que casi parecía ocupar él los planos ortodoxos del debate, manteniéndose el resto de teóricos en torno a un laico escepticismo.

¿Cosas del poder, de su erotismo espiritual, o de la globalización religiosa? Ya lo pueden ver, en fin. Ahora resulta que hasta Fidel (y antes de alcanzar su decrepitud, lo que reúne más mérito) se ha convertido. Amigo de Fraga y de Chávez, indistintamente, puede que en las noches habaneras ponga una vela a Dios y otra al diablo.

Todavía se nos morirá bajo el manto de la Virgen del Cobre.

Escritor y periodista