Las fiestas en todo su esplendor, la ciudad del valle romano, moro, judío, cristiano, del opus, de los ramadanes, de la OTAN , azteca, inca, la ciudad con sus autopistas repletas, ríos sucios pero por primera vez esperanzados, fiestas en medio de las obras, coches aparcados indefinidamente por los barrios, muros visigóticos a medio derruir, puentes a medio tender, esqueletos de edificios que alteran el skyline de Mayayo de un día para otro, tapas planeando a la brisa marina como ovnis, gente que se va a Salou, y millones de coches alrededor. Los coches de España. El Reino de España, que pone en los documentos oficiales, carnés de conducir, dnis, impresos de legalización. Ha bajado el IPC. El Reino de España, que se sabe republicana imposible, monárquica como mal menor, más europea que Europa, más binguera que Las Vegas. España troceándose siempre en vano, portuguesa, siete millones de coches en el superpuente del pilar, prolongación bioclimática del verano, España en su opíparo ceodós, disfrutando del cambio de temas: de emigrar a recibir.

Y el ensueño neolítico realizándose a toda velocidad en una punta del milenio: una casa por familia, una casa por persona, dos casas y golf y piscina con forma de riñón y todoterrenos bufando como paquidermos en celo por esos caminos llenos de fusilados, latas de conserva de Orwell, bayonetas napoleónicas, arados romanos, legajos de Abulafia, granjas de cerdos fabricando combustible con purines, call centers como ermitas, nuevos campus... Las fiestas del veranillo climático, el puente del Pilar. Ya hay un millón de personas ahí fuera, oyendo taladrar el lecho de río, a ver qué sale bajo la costra mejillonera, millón de almas sin culpa, almas plastificadas y con banda magnética, oyendo el tintineo alegre de los euros, cien millones, mil, de aquí a la purísima constitución: la ciudad inesperada, que cada mañana empieza a no reconocerse a si misma, tan pocos curas, los cadetes estudiando inglés, logística y genética, las marcas de moda, casi todas las marcas y logos, adoptando niños sin parar, hasta un atisbo de wifi para esa expo matinal, la gloriosa expo de cada día: la gente duchada, sin ganas de matarse, las ideas temblando de actualidad, el cambio de modelo según el pregón de Amaral. La ofrenda de la gente a si misma en paz y alegría, etc.

Periodista y escritor