Antes de que Sainz de Varanda cerrara la Lonja a los bailes de gala y la abriera a las grandes manifestaciones culturales, las Fiestas del Pilar eran un festejo exclusivo y elitista que comenzaba en modas Ríos --las telas elegidas por la señora del gobernador se retiraban del mercado-- y terminaba con un concierto en el Salón del Trono de la Aljafería, lugar ideal para que la reina de las fiestas y sus damas echaran una cabezadita, y la señora de un capitán general espantara a Pilar Bayona después de una gran interpretación de clave: ¿Dónde se enchufa esto?, le preguntó, y la gran Pilar le respondió con la receta de un redondo de ternera.

En 1979 se empezaron a democratizar las fiestas. Los hurones que durante tanto tiempo habían ocultado sus apoteósicas lifaras en los lugares más nobles de la ciudad se vieron desplazados de un plumazo de los palacios (las cenas en el de Sástago eran memorables), y contemplaron con horror cómo los vecinos se adueñaban de la calle: "Qué vergüenza, cerrar Independencia para los melenudos", se lamentaba un exalcalde.

El Ayuntamiento, corporación tras corporación, ha tratado de hacer las fiestas a la medida de los zaragozanos y de los presupuestos, y ha debido alcanzar el punto porque la calle está llena y los establecimientos hosteleros también. Y lo mejor es que es un llenazo plural y de todas las edades, con una cada vez mayor presencia de gente joven. Los jóvenes son la mejor señal de que la ciudad avanza: vienen, disfrutan, lo cuentan y vuelven. Siempre que se les trate bien, claro.