Desde el 14-M estaba claro que el PP no iba a poner las cosas fáciles a ZP pero no podía imaginar hasta donde iba llegar en su estrategia. Los populares, dirigidos por el sector más ultra de la derecha, han arremetido contra cualquier iniciativa del gobierno, ningún segmento de la política ha quedado al margen de su objetivo desestabilizador. Además no han reparado en medios, todo vale para desgastar a Zapatero, desde la mentira más escandalosa a la demagogia más infame, hasta el punto de poner en cuestión, desde el primer día, las investigaciones policiales y judiciales sobre el 11-M. Y esto no solo debilita al gobierno, también debilita la democracia.

Tampoco el ejecutivo y el Partido Socialista han estado demasiado acertados. Los esquemas tradicionales de la política están muy arraigados en el PSOE y con frecuencia han respondido al PP entrando en su terreno, con clichés, sin aportar elementos de reflexión ni hacer pedagogía política. El resultado no puede ser más lamentable, se ha extendido la crispación a las instituciones, incluido el Poder Judicial, y en la sociedad van penetrando actitudes antidemocráticas. El ejemplo lo vimos el martes pasado en Martorell. Es intolerable que se intente agredir a Piqué y al secretario general del PP, de cuyo nombre no quiero acordarme, en un acto electoral. Tienen todo el derecho a poder expresar su opinión, incluso aunque mientan o hagan demagogia.

Pero no basta con condenar lo sucedido en Martorell para defender la democracia. La salud democrática hay que cuidarla día a día y para esto es necesario alimentarnos con otros valores, cambiar las formas de hacer política, huir del populismo, renunciar a la mentira y a la consigna simplista, reconocer los errores, planificar a medio plazo... Si no se hace así, y esto es responsabilidad de las diferentes instituciones, partidos políticos y organizaciones sociales, la deriva de la derecha puede arrastrar a toda la sociedad.

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