Vuelve Alex Cross, el detective de color del FBI que Morgan Freeman tan sólidamente encarnase hace ya algunos años en El colecionista de amantes, la novela quizá más conocida, gracias a la versión cinematográfica, de James Patterson.

Vuelve Cross en su nueva aventura, Los puentes de Londres, tranquilo, medido, temerario y, como siempre, eficaz. Lo hace sin solución de continuidad, a partir del mismo momento en que le dejamos al cerrar la última página de El lobo de Siberia. Allí, en aquel argumento, thriller o cóctel de intriga y violencia, aparecía ya un personaje siniestro, Lobo, derivado de la Rusia de las mafias; un individuo dotado con tal proporción de crueldad que el resto de adversarios a los que ha tenido que enfrentarse Cross a lo largo de su larga y azarosa carrera parecen a su lado novicios de una orden sagrada.

Cross, en sus imposibles rutinas, en su inútil conquista de la paz y de una vida familiar, disfruta a ratos con sus hijos pequeños de los partidos de Venus y de Serena Williams, pero esa engañosa calma doméstica sólo durará hasta que Lobo decida reaparecer. Lo hará en un pueblecito de Nevada, en Sunrise Valley, cuyo único núcleo urbano, compuesto por trescientos habitantes, procederá a volar con una bomba casera arrojada desde un avión de carga. Los trescientos habitantes de Sunrise Valley se convertirán en cero, pero poco después, apenas se ha sumergido en la investigación de este atentado atroz, Alex Cross recibirá en su celular un mensaje aún más grave: "Dos misiles de superficie desaparecidos de la base de Kortland, Alburquerque. Se investiga la relación con los sucesos de Sunrise Valley. Seguiremos informando".

Esos colegas que seguirán alimentando las vías informativas de Cross pertenecen, claro está, a las oficinas de información especial del FBI.

"En aquellos días -nos informará el propio agente Cross, a través de un recurso en monólogo interior-- Washington lanzaba constantes mensajes de advertencia. Desde el 11--S, la agencia había cambiado de manera radical, dejando de ser un organismo de investigación que algunos calificaban de reactivo para convertirse en un organismo activo y más eficaz. En el edificio Hoover habían hecho una adquisición reciente: un programa informático de seis millones de dólares que contenía una base de datos de actividades terroristas de cuarenta millones de páginas con información que se remontaba a los atentados del World Trade Center de 1993. Teníamos toneladas de información; sólo faltaba comprobar si serviría para algo".

En Los puentes de Londres, Alex Cross tendrá, sin duda, oportunidad de comprobarlo muy de cerca; en carne propia, realmente, tal como procede en cualquier detective que se precie de tal. El desafío a que deberá enfrentarse es universal. Varias ciudades, además de Londres, han sido elegidas como inminentes víctimas de una nueva cadena de atentados terroristas. Los islamistas de Al Qaeda o Hizbulá podrían estar detrás de todo, pero Cross comienza pronto a intuir que la maquiavélica presencia de Lobo no posee precisamente un carácter decorativo.

Un thriller rigurosamente actual, ágil y desnudo, como todo lo de Patterson (y de Alex Cross).

Escritor y periodista