Alfredo Pérez Rubalcaba añora los días en los que era el jefe del Grupo Parlamentario socialista y pasaba las horas en el obrador del Congreso pasteleando acuerdos con lo partidos minoritarios. José Antonio Alonso no echa de menos Interior. Está contento en Defensa: ha vuelto a recuperar horarios familiares y rutinas sociales incompatibles con las tareas de Interior. En Defensa todo está ordenado; en Interior no hay agenda que resista un día. Siempre pasa algo que no estaba previsto.

El penúltimo sobresalto ha sido la algarada de Martorell con los zarandeos, insultos e intentos de agresión a los dirigentes del PP Acebes y Piqué. Rubalcaba se ha comprometido a que no volverá a repetirse una fascistada semejante. Lo difícil será cumplirla. Digo que será difícil porque en Cataluña hay fuerzas que han cruzado la raya del disenso partidista para instalarse en la demonización del adversario. Es éste un fruto amargo y espinoso; fruto que, por cierto, en el resto de España también cultivan algunos sectores mediáticos que dicen apoyar al Partido Popular. Incubar el odio para allegar fines políticos es una práctica que hunde sus raíces en la historia. Mario, el brillante general de la Roma republicana, hizo carrera política cultivando a la plebe y más cerca de nosotros, un demagogo como Alejandro Lerroux consiguió su primer acta de diputado calentando la cabeza de las gentes del Paralelo barcelonés con lo que pensaba hacer con los ricos y las monjas en cuento tuviera firma en La Gaceta de Madrid.

Obvio sería recordar el siniestro recorrido político que alcanzaron en la primera mitad del siglo XX aquellos movimientos fascistas que sobre todo en Italia y Alemania, pero también en Austria, Hungría, Rumanía, Grecia o España hicieron del odio al adversario la base de su "dialéctica de las pistolas". Por no hablar de la ETA.

Afortunadamente, estamos lejos de aquellos escenarios de antaño, pero hará bien el ministro del Interior en empecinarse en el cumplimiento de su compromiso. No sólo porque es de justicia --en un país libre como lo es España, cualquier ciudadano tiene derecho a expresar sus ideas políticas--, sino porque todavía estamos a tiempo de impedir que un nuevo tipo de fascismo se instale en la vida política española.

Periodista