Envueltos una vez más en la cainita tendencia de remover el pasado para usarlo como arma arrojadiza en la lucha política del presente, se está olvidando o tratando muy de pasada lo que, a mi entender, sí merecería un buen recordatorio colmado de celebración. Hago referencia a lo que nuestro país vivió en los últimos meses de 1976, es decir también hace treinta años. Y sin duda se trata de una serie de acontecimientos que son los que instalan las primeras piedras de nuestra actual democracia. El mensaje a la nación que protagoniza Adolfo Suárez el 10 de septiembre de 1976 y la inmediata aprobación mayoritaria de la Ley Fundamental para la Reforma Política el 18 de noviembre por unas Cortes venidas del mismísimo régimen autoritario llamado a desaparecer, constituyen los momentos claves a cuyo recuerdo aquí aludo.

Vaya por delante la evidencia de que todavía quedan muchas incógnitas en el aire. ¿A qué y cómo se debió la despedida de Arias Navarro como presidente del Gobierno tras su insólito nombramiento como sucesor de Carrero? ¿Cuál fue el papel desempeñado por Torcuato Fernández Miranda, tenido como consejero del Rey en aquellos momentos? ¿Por qué el Rey nombra presidente a una persona como Adolfo Suárez que acaba de ocupar el cargo de ministro secretario general del Movimiento en los últimos tiempos del franquismo? ¿Desde cuándo venía la relación entre ellos y con el apoyo de quién o de quienes? Preguntas pendientes de respuestas sólidamente probadas y que quizá únicamente tendrían aceptación en los testimonios de quienes, en su legítimo derecho, han preferido hasta ahora guardar silencio.

Pero lo que sí está meridianamente claro, a estas alturas, son los puntos citados.

POR UN LADO, Suárez sorprende a todos en su discurso con una clara llamada al consenso. Se iban a hacer las cosas con el mayor grado de acuerdo entre todos, anteponiendo los intereses generales a los particulares. Y cuanto se iba a realizar tendría dos premisas básicas. Ante todo, el respeto a la legalidad. Era el camino. ¿Y el fin? También quedó muy claro en su discurso: lo que la soberanía del pueblo español decidiera. Sorprendente afirmación tras muchos años de todo lo contrario. Entiendo que en esta ocasión y en las que siguen en posteriores actuaciones de Suárez lo que está muy presente es el compromiso que el Rey Don Juan Carlos ha adquirido desde el momento mismo de su proclamación, igualmente ante para él difícil escenario de unas Cortes heredadas. Un escenario que, en aquel instante y por boca de su entonces presidente Rodríguez de Valcárcel, conocería el postrer grito de laudatorio recuerdo al general Franco. Todo lo que el Rey anunció entonces y días después ya caminó por senderos bien distintos. Rey que quería serlo de "todos los españoles", de los antaño vencedores y vencidos. De los de dentro y de los de fuera. Sin un átomo de revanchismo de nadie para nadie. Se estaba ante la ahora algo olvidada clave de la pacífica transición a nuestra actual democracia. Y el plúrimes veces denominado "Motor del Cambio" nunca ha incumplido desde entonces esta solemne promesa.

Y EN SEGUNDO lugar, la gran aprobación de la Ley que, por mucho que se haya querido unir a lo anterior, nada tenía que ver con ese pasado. Lo que la citada soberanía de la Nación iba a refrendar casi unánimemente no era otra cosa que el tránsito de una llamada "democracia orgánica" basada en la supuesta participación de las "instituciones naturales" (familia, municipio y sindicato), a algo bien distinto: una democracia parlamentaria asentada en la base de un pluralismo político cuyos agentes estaban en la mente de todos: los partidos políticos. Debió resultar bastante complicado obtener el voto favorable de los todavía llamados "procuradores". Sin duda hubo promesas y ofertas. No todos dieron su aquiescencia también por razones variadas: desde la sempiterna promesa de lealtad a Franco y al llamado Movimiento Nacional hasta la respetable coherencia con lo que siempre habían sido y en lo que sin duda seguían creyendo. Pero triunfó un discurso y una Ley que hicieron cambiar el rumbo de España. Quedaría demostrado muy poco tiempo después, en las primeras elecciones generales de 1977. Todo esto, aquí brevemente apuntado, es lo que ahora deberíamos estar recordando y celebrando. Es lo que de verdad merece la pena legar al futuro de nuestro hermoso país.

Catedrático de Derecho Político en la Universidad de Zaragoza