Acaba de salir en bolsillo una de las últimas novelas del escritor José Carlos Somoza, La dama número trece, cuya lectura, como todo lo que ha venido firmando hasta ahora el narrador español, aunque nacido en La Habana ("¡Pero soy más español que la tortilla de patatas!", se reivindicaba, bromeando, la última vez que lo vi) es ampliamente recomendable.

La dama número trece, una de sus novelas más ambiciosas, y de mayor dificultad técnica, plantea una intriga de corte sobrenatural o misterioso, con base en un enigma cultural.

Pero, en esta oportunidad, como ya sucedió en La caverna de las ideas, no será la peripatética Academia de los filósofos helenos, ni la ciencia nuclear (tal como se nos proponía en Zig Zag) el detonante del thriller literario, sino la poesía. La poesía, sí, tal como lo oyen. Trama y lenguaje poético que no desembocará, en los dominios fantásticos de Somoza, en un típico producto best-seller, o en el arma cargada de futuro de Celaya, sino en la puerta de entrada a un poder infernal capaz de convocar fuerzas malignas ocultas en el más allá de las palabras reveladas.

¿Pero quiénes serían, entonces, esas damas, o brujas, a que hace referencia el título? Pues no otras que los seres inmortales que inspiraron a los grandes poetas, a Petrarca y a Dante, a Goethe y a Verlaine, a Baudelaire y a Rimbaud. Beatriz, Leonor, Annabel Lee... Musas, ninfas, presencias o fantasmas del Parnaso o del Averno, un inquietante harén o aquelarre de bellas y maléficas mujeres que, como llega a temerse uno de los protagonistas, leen en ellos, en los mortales, en los ajenos, los descomponen en palabras, los reducen a versos para deshumanizarlos y transformarlos en esclavos de una secta arrastrada junto a las más altas cumbres de la creación poética; a otro infierno junto al cielo de los poetas.

Esos versos tatuados, esas incandescentes filacterias ejercerán como símbolos de una metáfora ciertamente singular, y acaso nada imposible: que la realidad sea leña, que los poemas sean llamas y que las damas (las Trece Damas de José Carlos Somoza) hayan descubierto cómo prender ese fuego).

No les voy a contar, claro está el argumento, para que no me acusen de mal crítico o de peor amigo, pero sí puedo asegurarles que este artificio novelesco se sostiene en pie y que, salvando con pericia el aparente elitismo del atrezzo cultural, deviene ya en los primeros capítulos en un vehículo de emociones y pesadillas que a numerosos ratos se lee como un cuento de terror. Hay algo o mucho de las pesadillas de Poe, y hasta de los seres transformados de Stephen King, en esas extrañas criaturas, las damas, que irrumpen a través de espacios imposibles, que anudan a sus enemigos con eslabones de orquídeas, que sueltan a su paso polvo de alas de mariposa, y que besan y muerden como las sirenas de Martín Garzo.

Las claves del entretenimiento descansan en la arquitectura de un libro culto por su temática y por la elegancia de su prosa. Un autor, Somoza, capaz de escribir frases así: "La luz comenzaba a ser derogada de sus ojos..."

Escritor y periodista