Si Don Quijote y Sancho Panza hubieran sido personas en vez de personajes de novela, aunque de hoja perenne, cabe que no fueran tan reales como los continuamos viendo ahora. Don Quijote y Sancho sobrevuelan el tiempo y si uno andara por la Mancha en un viaje con sus siempre jóvenes compañeros de oposición y sus más jóvenes esposas, se hubiera topado con ellos y encontraría natural verlos campar por donde solían.

A nadie le iba a extrañar encontrarlos en cualquiera de los sitios que componen la ruta de Don Quijote, aunque esa ruta por los Campos de Montiel fue imprecisamente descrita por el autor que esperaba así que "todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre si por ahijársele y tenerle por suyo".

Pero no importa el "dónde" se nace más que el "dónde se pace"; nuestros héroes, además de manchegos, algo en lo que todos los autores se muestran conformes, tuvieron lo suyo de aragoneses y un punto de catalanes si bien con el acíbar de su derrota en la playa de la Barceloneta, a manos del disfrazado Sansón Carrasco, el Caballero de la Blanca Luna.

También anduve por pagos de Sierra Morena, ¡qué cosas se le ocurren a uno en edades de quietud! y me pregunto dónde estaría, dentro de tan vasto y fragoso escenario, el sitio en el que Don Quijote se refugió de la Justicia después de liberar a los galeotes y entre ellos, al único al que Cervantes llama por su nombre real, Ginés de Pasamonte, que sería Avellaneda de ser ciertas las averiguaciones de Martín de Riquer, auxiliado por José Galindo Antón, otrora alcalde de la Ciudad y médico siempre, amén de investigador y cronista tenaz de su Calatayud del alma. El tal Ginés pagó el favor de la libertad recobrada apedreándoles in situ en vez de ir al Toboso como le pidió que hiciera Don Quijote para rendir homenaje a Dulcinea; más tarde, le robó el rucio a Sancho y a Cervantes le quiso birlar la segunda parte de su obra si es verdad, como sugieren aquellas pesquisas, que el tal Ginés era Avellaneda, natural de Ibdes entre Ateca y Calatayud, autor del Quijote apócrifo que tanto irritó a Cervantes. Debían mediar viejos agravios entre Cervantes y Pasamonte, para que aquel usara el nombre de este y nada favorablemente, en su gran libro.

Admitamos que gracias a esa trapacería, aceleró Cervantes la segunda parte de su obra aunque Zaragoza se quedara sin ver a Don Quijote por sus calles porque Cervantes quiso tachar de mentiroso a su imitador, haciendo que Don Quijote y Sancho se fueran de Aragón sin pisar su capital y sin dejarle participar en un torneo ecuestre por las proximidades de la vieja Audiencia.

Llegamos hasta el Viso del Marqués, la tierra definitiva de don Álvaro de Bazán y al que Dios se llevó en las vísperas de la Armada Invencible que iba a mandar; no se sabe si Dios quiso que muriese invicto porque jamás había perdido una batalla o si lo hizo para castigar nuestra soberbia privándonos de aquel adalid al que "el fiero turco en Lepanto, en la Tercera el francés y en todo el mar el inglés hubieron de haberle espanto...".

Se ignora el lugar de Sierra Morena en el que fue a guarecerse Don Quijote no de la lluvia, que en su libro nunca llovió, sino de la Santa Hermandad, que había sido cosa grave la de dar libertad "a muchos desdichados que mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir". A Sancho, con el temor de que les alcanzasen los cuadrilleros, le decía su caletre, que en aquella ocasión, lo importante eran los pies, internarse por las espesuras con intención de atravesar la sierra toda y salir al Viso o a Almodóvar del Campo, escondiéndose por aquellas asperezas, a fin de no ser hallados si la Hermandad los buscaba y aunque sufriera la Justicia que otras más serias asechanzas sufría y sufre. Además de un libro universal, Cervantes le dio a La Mancha cien nombres para su turismo, así de claro. En La Mancha cualquier lugar, grande o chico, nos habla de Don Quijote y puestos, por ejemplo, en Almagro, uno se encanta recorriendo sus calles blancas, sus singulares plazas y en la principal de ellas visitando el Corral de Comedias, un teatro como los de nuestro literario Siglo de Oro y que es reliquia del pasado sin ser ceniza, sino una pieza viva del mundo cultural de nuestros días en el que se desarrollan ciclos teatrales clásicos encontrándose activo con dolorosos "entreaños" más que entremeses..., desde 1628. Allí tuvimos el honor de topar con los presidentes de los órganos consultivos de las comunidades autónomas, que se reúnen como Anteo para despojar energías nuevas en cualquier tierra de esta vieja España; buen síntoma.