Hace ya tiempo que Magdalena Lasala nos viene acostumbrando a empresa literarias de muy largo aliento.

No debería ser necesario recordar su Abderramán, su Boabdil o su más reciente Maquiavelo para reparar en lo meritorio y panorámico de una carrera literaria trazada con pulso y ambición, con personalidad y constancia. Y, por lo que a la especialidad de la novela histórica se refiere, con el particular talento de una autora única y singular (pues no se parece a ninguna otra) a la hora de iluminar pasajes, figuras, eras o recovecos de la historia.

En esta oportunidad, la escritora aragonesa ha elegido un tema, o un personaje, de gran calado y dificultad. Porque de doña Jimena, esposa del Cid, es muy poco lo que desde fuentes fidedignas se ha constatado, o se sabe. Sin embargo, esa carencia de datos históricos ha debido estimular el interés y espolear el pundonor de nuestra autora, cuyo extraordinario esfuerzo de investigación y documentación se ha visto con creces reflejado y gratificado en las más de quinientas páginas que abarca esta voluminosa y entretenida novela.

Porque no es ya que Doña Jimena se lea como una novela, sino que es una novela. Solamente a través de la técnica narrativa, novelística, de una imaginación bien surtida (y contenida, al mismo tiempo), de la descripción, del diálogo diferenciado y, sobre todo, de la profundización en la psicología de los personajes iba a ser posible ofrecer a los lectores un fresco documentado y veraz sobre aquella España altomedieval que tan sugerente y atractiva se ofrece --desde sus contradicciones y misterios-- a la tentativa literaria.

La luna, la magia, el verso, el poder de las palabras, los minerales y los astros están presentes en la prosa barroca y, empero, fluida, de Magdalena Lasala; ya lo estaban en anteriores trabajos, pero quizá ahora, con Doña Jimena, al tratarse de una mujer, de una hembra casi olvidada por la historia escrita por los hombres, para los hombres, la autora se ha sentido más próxima, se ha implicado más, ha apostado en mayor medida por la creatividad, por el adjetivo, por el sentimiento.

De manera harto honesta se informa al lector, al término del libro, de las fronteras entre la realidad histórica y la ficción, entre la severidad documental de las fuentes coetáneas y la libre creatividad de una escritora a quien las palabras (acaso porque ha bebido en las fuentes de la poesía y del teatro, en las aguas limpias y originarias de la creación conceptual, del drama, del nacimiento de los héroes) parecen manarle con una sencilla naturalidad, espontáneamente, como si no costasen su esfuerzo (que me consta le cuestan, como es natural, a Magdalena).

Un desafío, por tanto, el de dar vida, opinión y existencia histórica a la mujer que compartió la vida y el destino del héroe hispano por antonomasia. De la mujer que parió a sus hijos y que, a la muerte del caudillo, tuvo que apechar con el señorío de Valencia. De una señora altomedieval que acaso, sin saberlo, sin quererlo, se convirtió en arquetipo de miles de sus contemporáneas.

Un excelente trabajo.

Escritor y periodista