Si el XXI está llamado a ser el siglo de Asia, tomando ésta el relevo de EEUU, con el crecimiento económico mundial irradiando desde la cuenca del Pacífico, el gran viraje estratégico que entraña el ingreso de Corea del Norte en el club de las potencias nucleares tendrá repercusiones inmediatas en las relaciones entre las naciones ribereñas, según se desprende de las duras reacciones no sólo de Washington, ya que el régimen norcoreano forma parte del eje del mal, sino también de Rusia y China, que están irritadas por la osadía del más destacado y megalómano estalinista.

El peligro podría extenderse si la diseminación nuclear se dispara, como cabe augurar tras la reacción arrogante de Irán, y en Washington resurge la hipótesis de la conjunción islámico-confuciana en que se basa el ominoso choque de civilizaciones. Las secuelas serían planetarias si la prosperidad fuera perturbada por restricciones comerciales de todo tipo, de la misma manera que una frenética carrera de armamentos perjudicaría no solo a la segunda economía del mundo, la japonesa sino también al prodigioso desarrollo de China.

Con la bomba atómica norcoreana, la tremenda sacudida de la opinión pública nipona y los recuerdos lacerantes del Hiroshima y Nagasaki, las dos ciudades martirizadas en 1945, pueden suscitar cambios inopinados en todos los ámbitos y quizá la revisión del tabú nuclear. Con un nuevo primer ministro, Shinzo Abe, al que muchos describen como "un halcón nacionalista", sin duda quedará debilitado el apoyo popular que merece el pacifismo japonés y probablemente crecerán las presiones para abolir la renuncia de las armas nucleares. Pero la perspectiva de un Japón atómico desencadenaría temores y reproches generales, además de amargos recuerdos en toda el Asia oriental que fue víctima de la agresión nipona durante la segunda guerra mundial.

Aunque el Japón se mantenga desnuclearizado, Abe asumió el poder con un programa de reforma constitucional y activismo diplomático que entraña notables riesgos. Los cambios en la Constitución de 1947 permitirían al país dotarse de unas fuerzas armadas sin restricciones y asumir un mayor protagonismo en la seguridad regional, dependiente de EEUU desde el controvertido pacto de alianza militar de 1960. El primer paso será acelerar la cooperación con EEUU para hacer escudos antimisiles.

LA REACCIÓNde China, obsesionada por el mantenimiento del statu quo regional, fue expresada con rotundidad por el Diario del Pueblo: "La ruptura del equilibrio en Asia oriental conducirá a una carrera de armamentos nucleares en la región, lo que constituye un desafío para la influencia china en la esfera internacional". La explosión de la bomba atómica confirma que China no puede controlar a su imprevisible vecino del norte, como ya demostró el fracaso de la diplomacia preventiva. Las conversaciones de los seis (EEUU, Rusia, Japón, China y las dos Coreas) para una solución negociada del dilema nuclear, solo aplazaron el problema.

La actitud de Corea del Sur resulta igualmente ambigua. Sus dirigentes detestan al régimen comunista de Pyongyang, la enorme prisión de 23 millones de compatriotas, pero no desean su caída porque podría derivar en una reunificación desastrosa.

ANTES DEviajar a Washington, como lo quiere la tradición, el primer ministro japonés realizó en Pekín su primera visita al extranjero, gesto conciliador y primer paso para la paciente reconstrucción de una diplomacia asiática, prioridad de su programa de ruptura. Los encuentros en la cumbre de ambas potencias asiáticas estaban suspendidos desde el 2001, cuando el entonces primer ministro nipón, Junichiro Koizumi, provocó y perpetuó la cólera china y coreana por sus intempestivas peregrinaciones al santuario sintoísta de Yasukuni.

La visita de Shinzo Abe a Pekín no fue sólo un intento de apaciguar las tensiones debidas a una historia turbulenta y recuperar la iniciativa, sino una apuesta decidida por la conciliación, la interdependencia económica y la superación del engranaje diabólico de la rivalidad tradicional, de una guerra fría que la bomba norcoreana vuelve a colocar brutalmente sobre el tablero del Extremo Oriente. La alianza militar con EEUU volverá a ser prioritaria para el Japón, pero esa situación galvaniza y protege a los estalinistas de Pyongyang y, al mismo tiempo, azuza los recelos de Pekín y Moscú. Una delicada partida que compromete los intereses económicos y estratégicos de las grandes potencias en el nuevo Eldorado del Pacífico.

Periodista e historiador.