Si hay un indicador apreciado entre los gestores del ocio es el calendario de fiestas laborales intersemanales, sean en toda España o en cada autonomía. Están tan enraizadas que han acabado imponiendo un peculiar modelo de relaciones laborales en las empresas y en las administraciones públicas, en el que se da por descontado que el calendario de libranzas se vincula a las fiestas más significativas de origen religioso. Y si esas fiestas caen en jueves o martes, la agencias de viajes hacen el resto. La novedad es el aumento de destinos posibles. Tenemos muchos datos sobre la capacidad española para recibir visitantes, en tanto que potencia mundial de turismo, junto a Francia y EEUU. En cambio hay un seguimiento estadístico escaso de los españoles que hacen turismo, sobre todo de los que lo practican fuera de la península. De momento hay datos parciales, que no dejan de ser significativos: entre el 2003 y el 2005 se triplicó el número de españoles que viajaron al extranjero. Que sean cada vez más es un incipiente corrector de la balanza de ingresos del Estado por turismo. La fiebre puentera poco tiene que ver con los datos que reflejan los apuros de las economías familiares que pagan hipotecas, tienen contratos precarios o aún no se han recuperado de los gastos escolares. Que nada impida las ganas de rebañar los caprichos del calendario debería llamar la atención: sigue vigente la cultura presentista del gasto inmediato pese al exceso de endeudamiento.