Lo del obispo de Lérida hay que verlo como una cosa de Roma. Al que hay que impugnar y en su caso demandar es al Papa. Un simple obispo, siendo muy importante, no puede enfrentarse a una sentencia definitiva de Roma, una sentencia que zanjó el asunto y le ordenó devolver sin más esos bienes a sus respectivas parroquias, a su diócesis. El obispo de Barbastro-Monzón debe de ser el primero en calibrar la gravedad de este asunto delirante, porque en vez de decir que la situación está haciendo daño al Vaticano, afirma que "la situación está haciendo daño a la gente", lo que no deja de ser una salida diplomática.

La verdad es que un obispo jamás se enfrentaría al Papa como lo está haciendo el de Lérida, ni llegaría a estos extremos ridículos (el tribunal de La Rota no tiene nada que ver en esto, es como acudir a Tráfico para entender en delitos de terrorismo, aunque quizá ya se haya hecho), un obispo no incurriría en tamaña indisciplina sin permiso de sus superiores.

Si no es así, si Roma no le ha dado vía libre secreta para que desobedezca, es que la Iglesia está en las últimas, que en su seno reina la anarquía, impera y el caos y el Vaticano se aviene a las locuras que profetizó Nostradamus. En esa hipótesis, quizá este asunto muy tangencial sea un indicio de la inminencia del fin del mundo. Lástima, ahora que estaba restaurada la cúpula de Goya, con lo poco que quedaba para la Expo-

Añádase la vergonzosa retirada del limbo por la puerta falsa, administrativa, la debilidad del Papa por los zapatos rojos de Prada, etc. En ese desorden de cosas, que un obispo se mofara de una sentencia vaticana sería casi un mal menor. Es más lógico suponer que el obispo desobediente se sitúa al borde de la herejía contando con una cierta dispensa o manga ancha de las alturas. En caso contrario ya lo habrían cesado.

Es cierto que la capacidad de Aragón para airear este contencioso y armar un escándalo global es nula, y aquí vemos una de las consecuencias del apocamiento estructural, genético, sólo interrumpido con los trasvases, desafío cíclico que agota toda la fuerza y por lo visto deja exhausta y satisfecha a la comunidad. Hay que ceder y pactar o hay que perder los miedos e ir a por todas, hasta el final.

Periodista y escritor