Tierra de culebrones y espera, el asunto de los bienes eclesiásticos que no quieren devolvernos amenaza con convertirse en uno de los más recalcitrantes, ahora que parece estar en vías de solución el trasvase. Ha dicho el presidente Iglesias que el obispo Ciuraneta está propiciando el enfrentamiento entre comunidades. Hombre de Dios, ¿por qué llamar a rebato ante asuntos de menor cuantía? Si aragoneses y catalanes tenemos que echarnos los trastos a la cabeza por 113 obras de arte sacro, apaga y vámonos. Como si no tuviéramos problemas de mayor calado, y si no pregúntenle a los turolenses y su carencia de infraestructura, o a los jóvenes con la maldita vivienda y las hipotecas, o a los ancianos en procura de residencias. Nadie duda de que tales obras de arte son aragonesas (habría que ser más precisos y decir que su propietario es la Iglesia en Aragón, y, por extensión, el Vaticano) y que parece de absoluta justicia que deban exponerse para su contemplación en aquellos pueblos que sufrieron el expolio. Pero también habría que resaltar con admiración el empeño erróneo de un obispo por tirar hacia su casa, ejemplo que deberían imitar sus hermanos de fe maños, un tanto silenciosos y escasamente beligerantes. En cualquier caso, tratar de convertir este conflicto en caballo de batalla entre Aragón y Cataluña raya en lo sublime. ¿Han errado los aragoneses residentes en Cataluña al otorgar su máximo galardón al presidente de la Diputación de Lérida, significado defensor de que los bienes permanezcan donde están?

Profesor de Universidad