Las Fiestas del Pilar han deparado una multitud de nombres propios, artistas, toreros, y también, en los aledaños festivos, en los burladeros, algunos invitados más o menos bienvenidos, entre los que podríamos destacar a Mariano Rajoy y a Francesc Xavier Ciuraneta. Uno, el primero, el civil, en clave conversa; el otro, el segundo, el eclesiástico, en pecado concebido.

Al ser gallego, como lo es su padre Fraga, el actual presidente del PP y presunto candidato a la presidencia del Gobierno sabe mucho de templar gaitas. No así (como Fraga) de pescar en aguas revueltas, pues pescar, lo que se dice pescar, todavía no ha pescado don Mariano más que un resfriado electoral del que le está costando recuperarse.

Aquí, al río grande y sin truchas, pero con mucho trucho por metro cuadrado, a la tierra caliente y sedienta de Aragón no vino el taurino Rajoy en plan mariposón, como le diría Guerra, sino con el cachirulo untado en el Vicks Vapo-Rub del Pacto del Agua. Una receta medicinal contra el exceso de humedad que su gonfalero fluvial, Gustavo Alcalde, le ha aplicado en las sotabarbas para que deje de toser en hablando del agua, y hable claro, sin mariposear ni templar gaitas, menos a la gallega que llamando al pan, pan, y al vino, vino.

Rajoy, encachirulado, habló del Ebro, claro, pero no tan alto ni tan claro como podría hacernos predecir la reciente condena de sus compañeros aragoneses a cualquier futuro trasvase. Apoyó la reserva hídrica, esos seis mil y pico hectómetros cúbicos que en principio garantizan nuestros usos futuros, pero, en favor de sus intereses levantinos, no descartó (lo hará, ya lo verán, después de las próximas elecciones autonómicas), el aprovechamiento de caudales sobrantes o el futuro recurso a minitrasvases de cuencas (en este capítulo, el tamaño es lo que importa).

Cal, más cal que arena, en la represa hidráulica de Rajoy, y, en consecuencia, mejores expectativas para sus conservadores muchachos. Si el PP--Aragón consigue, de verdad, liberarse del yugo trasvasista, puede darle un susto al PSOE. La línea del triunfo es estrecha como el ojo de la aguja por el que no entrará Ciuraneta. Socialistas y nacionalistas deberían preguntarse por qué esa derecha supuestamente retrógrada, trasvasista y antiautonomista mantiene intenciones de voto del 40%.

Y, en el lado oscuro de la fiesta, en el burladero de las burlas, el obispo de Lérida, el ínclito Ciuraneta. Ya Marcelino Iglesias, pese a su diaconal prudencia, ha estallado al fin, ha largado el manifiesto de su ira y acusado al bisbe catalán de urdir más pleitos que una novela de Grisham. Pero mira qué le da a él, a quien detenta los tesoros de La Franja, los cálices y retablos, las tallas e incunables, a quien del Vaticano se ríe. ¡Le van a importar mucho las rabietas de un político autonómico a quien no acata ni al temible Ratzinger!

Ganas dan, me dice algún católico, de mandar a La Franja del Purgatorio a tan poco evangélico pastor. Antes o después, Ciuraneta, precedente de desobediencia jerárquica, será incompatible con la púrpura. Pero antes deberá hacer acto de contricción por aquel mandamiento que decía: No... (¡Eh, no me roben la palabra!).

Escritor y periodista