Uno contempla estupefacto las últimas batallas campales, como la de los radicales independentistas catalanes no dejan celebrar un mitin al PP, solo por no opinar como ellos. A lo mejor no les gusta el new look de Acebes --tan atildado como siempre, pero con un estudiado toque de modernidad entrecano--, pero lo cierto es que en Martorell encima se consigue que los policías hagan un poco como los del bienio izquierdista de la Segunda República, cuando marxistas descontrolados quemaban iglesias. O sea, reprimir, pero menos. Y en Barcelona otros radicales violentos se aplican a los disturbios como en dictadura. En Pamplona se lían a gritos, entre los polis que les separan, falangistas salidos del túnel del tiempo, con banderas españolas --sin toro de Osborne, pero con águila imperial-- y abertzales. En Valencia se manifiesta bastante gente. Tanta como para cobijarse bajo una descomunal bandera. Pero, ¡ay!, ya se escucharon gritos racistas. Un clima que tiene muchísimos culpables. Entre ellos un expresidente bajito y con bigote, que acusa a los musulmanes de haber conquistado Hispania. Puestos a reprochar conquistas, podía haberse metido también con los romanos, con los cartagineses, y con los propios visigodos, que al fin y al cabo eran unos tíos peludos y brutos que huían de Atila el huno. Y también el actual presidente ZP, que al menos ya ha aprendido las clases de protocolo que le dan en Moncloa, y ya se levanta educado al pasar la bandera de las barras y estrellas. Como ya es presidente, hay que estar a bien.

Historiador y médico