Las encuestas de los últimos meses vienen confirmando una lenta recuperación del Partido Popular y del Partido Aragonés (esto es, del centro derecha), mientras que los socialistas parecen haber tocado techo y la CHA lucha contra una tendencia a la baja particularmente notoria en Zaragoza capital.

El PSOE (pero ésa no es una mala noticia para su dirección regional) permanece anclado en unos registros más que satisfactorios. En principio, salvo sorpresas, será la fuerza más votada en la comunidad, lo que permitirá a Marcelino Iglesias, una vez más, y si es que a la tercera no va la vencida, formar gobierno. Al, previsiblemente, no alcanzar la mayoría absoluta, deberá, si quiere asegurarse una legislatura sin demasiados sobresaltos, elegir (una vez más) socio. En esa tesitura, lo más probable es que mantenga la alianza con el PAR, partido moderado que los socialistas, como es un secreto a voces, prefieren a la CHA.

El Partido Popular, alentado por los repuntes que se vienen observando desde que el fantasma del trasvase se alejó de la cita electoral, sueña con recuperar su viejo pacto con el PAR, al que está dispuesto a cederle porciones de poder muy superiores a las que estrictamente le corresponderían por número de votos. La jugada de Biel, en el sentido de apuntar hacia el Ayuntamiento de Zaragoza, tiene sentido a la luz de un bipartito que ya sabe lo que es gestionar a un tiempo la comunidad y su principal Ayuntamiento. Pese a los malos augurios que muchos pronosticaban a los pequeños partidos nacionalistas, el PAR se ha revalorizado debido a su situación de bisagra. ¿Es ético pactar hoy con la derecha, mañana con la izquierda, y siempre por Aragón? Parte de los descalabros del PAR proceden sin duda de su nueva versión del baile de los malditos, pero a nivel interno tengo la impresión de que hace mucho tiempo que esas conciencias se fiaron a la razón práctica. Fíjense, si no, lo que ha sucedido en Cantabria, y a qué siglas pertenece su presidente, el sorpresivo Revilla. La política es un boomerang. Hubo un tiempo que a Génova sólo le faltaba publicar la defunción política de los hijos de Gómez de las Roces; hoy los buscan como a un salvavidas.

Peor lo tiene la Chunta Aragonesista, partido que en la presente legislatura se estrenaba en la gestión, y de cuyo impulso y nuevas ideas e ideales mucho se esperaba. Demasiado, probablemente. En el poder, en el escaño, en el cómodo asiento del coche oficial y en los restaurantes de muchos tenedores sus representantes se han asimilado al resto de la clase dirigente, a la que sin duda desean seguir perteneciendo. De esta pequeñoburguesía universitaria y urbana han desaparecido las barbas, las melenas, los canutos, las banderas independentistas, de manera que hoy es fácil confundir a un diputado nacionalista con un cobrador de recibos a domicilio.

El problema de CHA, como parece evidente, se centra en su más que probable pérdida de sufragios en Zaragoza capital, donde puede descontar hasta cuatro ediles. Gaspar, el candidato, no tira, o tira hacia abajo. Queda Labordeta, el bisa. Yo que Fuster, lo engañaría.

Escritor y periodista