Si tuviéramos la certeza de que hoy es nuestro último día en este mundo, es muy posible que pasáramos las horas restantes dentro de una burbuja de lamentos por lo que no hicimos. Jóvenes, viejos o de edad intermedia, seguro que el victimismo nos sujetaría por los hombros, inmovilizándonos frente al espejo de la soledad, que es el reflejo absoluto del pánico. De qué poco sirve lo vivido cuando la muerte está tan próxima que reconocemos su perfume de eterna esencia vacía. Suponga, por un momento, que mañana ya no estará aquí por muy ridículo o consecuente que le parezca, que tiene ante sí un tiempo marcado por la urgencia para completar su existencia, para cerrar el círculo, para confesar los pecados que nunca cometió y deseó besar con entregada pasión... No hay motivo para el existencialismo ni para las alarmas porque en realidad llegamos un día y nos marchamos al siguiente, porque somos la partícula de una sonrisa, el átomo de una lágrima, tan insignificantes y hermosos como el universo que hemos colaborado a crear. Frágiles e indestructibles, si tuviéramos la certeza de que el final espera agazapado a la vuelta de la esquina de este bullicioso amanecer, no habría razón para no seguir caminando con paso firme en esa dirección, concediéndonos quizá una mirada poética al sol o a ese par de ojos que acaban de cruzarse con una promesa de luz antes de que caiga la noche y nos transformemos en presente, pasado y futuro de lo que fuimos. Ni más ni menos que ilustres pasajeros de un día cualquiera.

Periodista