Es muy curiosa la foto de portada del libro de Joaquín Sabina. En la imagen aparece el cantautor realmente demacrado, en un tiempo, supongo, anterior al marichalazo. Mira al lector desde las sombras de su proletario rostro, de su media melena, de una barba de seis días. Sostiene una cerilla encendida en la comisura de la boca, pero no se ve la mecha, ni la bomba (están dentro).

Sus memorias, transcritas por Javier Menéndez Flores, no son, como tampoco cabría esperar, solemnes ni canónicas. El biógrafo ha recurrido al periodístico quehacer de entrevistar en profundidad al personaje, haciéndole hablar, reflexionar, e invitándole a revelar aquellos aspectos de su vida más o menos desconocidos que hayan podido tener que ver con los procesos de su creación artística. El método, básicamente, funciona.

Y el libro, en consecuencia, se lee de tirón porque el Sabina que allí se refleja o expresa es el que es: irónico, tierno, contradictorio, descreído, sentimental, melancólico y un poco revolucionario. Asimilado ya por las mismas Españas que un día quiso combatir, y que ahora le versionan y repiten en el cedé del coche o en esas fiestas donde surgen guitarras; e igualmente respetado, como siempre lo fue, desde las izquierdas. ¿Cómo lo ha conseguido? La respuesta es fácil: con talento.

Con ese instinto suyo para mezclar sentimientos, memorias, marginaciones, en letras que son poéticas y que en su voz rota suenan a calle y a tabaco prendido a la ropa. Ya supongo que a los poetas más clásicos les parecerá intrusismo, pero él cree en su inspiración, en su mundo, en su cultura, y si hay armonía en todo eso habrá arte y posteridad.

Tampoco creo que a Sabina le importe la gloria, aunque su carrera, inteligente y práctica, ha evitado en la forma los errores que otros cometen en fondo y forma. Le importa el pasado, desde luego, y a él dedica buena parte de sus memorias orales. A la movida madrileña, por ejemplo, con sus distintos ambientes, desde La Mandrágora a Rockola, y con personajes tan variopintos como Javier Krahe, Luis Eduardo Aute, Enrique Urquijo, Antonio Flores, Víctor Manuel y Ana Belén, Serrat y un amplio elenco de compañeros suyos a los que iría sumando los de allende el Atlántico: Fito Páez, Charly García, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés (estos dos últimos, para él, los más grandes).

Sabina habla de política, de Fidel, de García Márquez, de Letizia, de la tele basura, de la poesía de Ángel González, de los trucos de Pancho Varona a la hora de componer canciones y de cómo estuvo a punto de enamorarse de la maquilladora de los Kiss, con la que pasó una noche.

Tiene cuerda, tiene labia, y a medida que la noche pasa y la cinta del cassette se va llenando de su materia oral recuerda al Sabina que tocaba en el metro o que versionaba a Cocciante y a quien un día alguien desde una limusina le dio una oportunidad. Poco que ver con ese otro Sabina consumido por la coca que se arrastraba por un hospital con una bata, enseñando el culo.

Un testimonio distinto, intransferible, de un tipo cantor que ha vivido a su manera.

Escritor y periodista