Las elecciones catalanas, como todas las elecciones que se precien, salvo el cónclave papal, que mantiene su discreto encanto, van camino del escándalo, y lo que te rondaré, moreneta.

Nazis, nacionalistas, tomatazos, empujones, pegatinas ofensivas, insultos personales... todo el humano animalario y el bestiario, en fin, de las urnas, se han dado cita estos días en los medios de opinión y comunicación, en las calles y plazas catalanas, y supongo que en la sobredimensionada atención de los votantes de nuestra vecina nación (ahora, desde la aprobación del Estatut, ya no son necesarias las cursivas).

¿Algunos ejemplos? Los ultras que le gritan a Carod Rovira aquello de "¡Carod, cabrón, España es tu nación". La mujer de Carod que acusa a los del Partido Popular de ser "unos hijos de puta". El zarandeado Piqué que muestra en una reunión empresarial, patéticamente, una papeleta de los rojos de ICV--EUA donde se lee Folla´t a dreta, fóllate a la derecha, compañero, en el envase de un preservativo, o goma. Etcétera.

¿Debemos escandalizarnos, rasgarnos las vestiduras? Una campaña política no es ni puede ser un picnic campestre, un congreso de ursulinas o una reunión de antiguos compañeros de curso. Aquí, en los vestíbulos del poder, se juega duro y, a menudo, se juega sucio. Esos vídeos del doberman que no hace tantos años paseaba el socialista Joaquín Almunia, con aquellas imágenes de Aznar y de Álvarez Cascos como vigilando un campo de concentración, han dado paso a otros muchos montajes, hasta llegar a las tomas falsas del tripartito servidas como despojos a la plebe por los creativos de Artur Mas. Y más, y más que habrá.

Al votante, que no tiene por qué, le llegan los mordiscos de la jauría electoral como deshechos morales, detritus de huesos del esqueleto social para calmar esa saciedad y el hambre de escaño, influencia, nómina, notoriedad. En una campaña cualquiera el ansia de vencer es proporcional al tamaño de la tarta, y hay que reconocer que la Generalitat supone hoy un buen pastel, con múltiples raciones para repartir y un servicio atento, administrativo, dispuesto a organizar el banquete. La fiesta, en principio, la sardana del siglo XXI está reservada para el citado Mas y para el compañero Montilla, que deberán repartirse, arriba o abajo, los principales papeles. Se darán duro, jugarán sucio, y después, ya lo verán (pero no verán a Durán), pactarán.

No la devolución de los bienes de Lleida, que no toca en la campaña, ni el cese del rebelde obispo Ciuraneta, el primer purpurado en desoír a Ratzinger, sino el poder, tanto en la nación catalana como en la nación española. Mas sustituirá a Carod como interlocutor del Gobierno central, circunstancia que acelerará el progresivo deshinfle de Esquerra, muy torpemente gestionada por Carod y señora.

Lo demás, el nazi a la puerta de la Universidad, el independentista fanático tras los pasos de Piqué, el insulto panfletario, la bronca organizada, el panfleto, el dossier y la calumnia van sobrando cada día, como excrecencias de un comportamiento sectario, antidemocrático.

¿Qué jueguen limpio, que se respeten? Qué más quisiéramos, pero... ¡Estamos en campaña!

Escritor y periodista