Los expertos en la cuestión del tráfico urbano llevan tiempo advirtiéndolo: Zaragoza está a punto de convertirse en un caos.

Lejos, en la polilla de un pasado idílico, quedan ya aquellas imágenes de plácidos conductores estacionando a placer en cualquier calle o plaza, y los domingos por la mañana, cuando no se estilaban aún los túneles de lavado, abrillantando el coche con paños viejos y pozales en las orillas del Canal. El personal tiraba de 850, de los primeros Corsas, y el más pujante de aquellos Rover de importación con su banderita inglesa y su aterciopelado interior. Después vino la revolución de las masas (de conductores), y todo cambió.

Llegaron las multas, los accidentes y atropellos, la polución, las dobles filas, los conciertos de bocinas, las zonas azules, el negocio de los párkings privados, pero, mal que bien, se siguió funcionando, conduciendo, aparcando cerca del trabajo y, por las noches, debajo de casa. Hasta que las pandillas nocturnas descubrieron el estrepitoso encanto de romper retrovisores y en cada familia, por mor del progreso, se compró auto al chico mayor. Después sería el pequeño, y así hasta sumar los cerca de cuatrocientos mil vehículos que hoy componen el parque móvil zaragozano. Prácticamente, a embrague por habitante.

La situación, complicada por las obras (¿cómo es posible que siempre las haya?), se agrava mes a mes. Hay horas, días, en que el tráfico urbano en la capital del Ebro comienza a resultar sencillamente insoportable, tanto que Zaragoza, en ese sentido, ya no se diferencia apenas de un colapsado Madrid, o de un paralizadao Bilbao.

¿Qué hacer, cómo solucionar este engorroso asunto? Desde el Ayuntamiento se suceden los llamamientos cívicos para prescindir del coche, para no usarlo en días de lluvia, para ir al estanco, para ir al centro a comprarse una camisa. Tales campañas, sin embargo, y al margen de que convenga seguir realizándolas, no parecen obtener resultados alentadores; más bien, todo lo contrario. ¿Cómo lograr, entonces, que los zaragozanos se habitúen a caminar por su ciudad unos cuantos kilómetros al día, ganando salud y ahorrando dinero? ¿Multiplicando los carriles-bici? ¿Abaratando o subvencionando los transportes urbanos? ¿Planificando un Metro subterráneo o una red de tranvías de superficie conectados con las estaciones de cercanías?

Ya que no queremos escarmentar en cabeza ajena, en el ya citado Madrid, o en esa caótica Atenas que se vio obligada a limitar la conducción de las matrículas pares a una serie de días de la semana, y las impares a otros, quizá deberia plantearse, o exigirse, un plan integral de tráfico para Zaragoza. No puede ser que la ciudad siga creciendo hacia los cuatro puntos cardinales sin que se contemplen nuevas variantes de entradas y salidas.

Dada la evidencia y gravedad del problema, es de desear que, con las elecciones municipales a la vuelta de la esquina, algún partido o candidato dé con una solución racional. Los votos también se ganan o pierden en el calor de los atascos.

Escritor y periodista