Los Premios Príncipe de Asturias se han consolidado en sus 25 años de existencia como uno de los galardones de más prestigio del mundo. Los premiados de este año, que ayer recibieron sus distinciones en Oviedo --Paul Auster, Pedro Almodóvar, la Unicef, National Geographic Society, Mary Robinson, Juan Ignacio Cirac, Fundación Bill y Melinda Gates, y la selección española de baloncesto-- son un buen ejemplo del equilibrio entre lo clásico y lo moderno, de los de casa y de los personajes universales, de genios individuales e instituciones prestigiosas. Afortunadamente, se ha superado el provincianismo de la anterior edición, que premió a Fernando Alonso por su primer campeonato del mundo e ignoró por ello los méritos del siete veces campeón Michael Schumacher. Ahí está el premio a la Concordia concedido a la Unicef, la agencia de Naciones Unidas que trabaja por el bienestar de la infancia. Un galardón indiscutible e indiscutido, aplaudido por todos. La Unicef simboliza esa concordia que ayer reivindicó el príncipe Felipe como camino hacia la paz. El Premio a la Investigación Científica y Técnica a Juan Ignacio Cirac mueve a la sonrisa y a la lágrima. Alegría por el reconocimiento que supone para este físico español especialista en mecánica cuántica. Tristeza porque seguirá para siempre en los laboratorios del Instituto Max Planck de Óptica Cuántica, en Alemania, porque en España le resulta imposible encontrar un sitio mejor.