Estamos asistiendo, en las últimas semanas o quizá meses, a eso que llamo, sin exagerar, "asedio a la democracia", consistente en impedir que hable el contrario y en transmitir, al siempre expectante y muchas veces pasivo ciudadano, que algunos líderes políticos no tienen derecho a la libertad de expresión y que deben ser reducidos al silencio u obligados al heroísmo si quieren hablar pese a todo; es grave asunto, porque si sólo una de las partes puede opinar, la democracia deja de existir. Sin libertad no habría elecciones... libres.

Ese género de juegos malévolos, amén de inconscientes, puede acabar rindiendo la plaza o sea, propiciando que la democracia se desplome, que sus cimientos no diría uno que se muestren tan consolidados que nos pongan a cubierto de violencias y presiones a las que algunos no parecen quererles poner fin. Es alarmante y lamentable el suceso de Martorell seguido, seguro que sólo por azar, de la encerrona a Fraga en la Universidad de Granada y supongo que mayormente por universitarios. Hay otros muchos síntomas de que se está emprendiendo un pésimo camino que, encima, no es la primera vez que recorremos los españoles y que como en pasadas ocasiones podría acabar en tragedia. Los que asistían a la reunión de Martorell y no podían ni salir gritaban vanamente ¡"libertad"!... Puede ser cierto que esas alteraciones sólo sean cosa de republicanoides que no republicanos, separatistas que no autonomistas y ácratas con el auxilio, eso también, de algún "significado militante de partido dominante" que no soporta el hábito de la tolerancia y al que expulsan luego sus dirigentes no se sabe si agradeciéndole antes los servicios prestados.

Pero, ¿quiénes están detrás y mueven los hilos? Sólo cabe maliciarlo. Si el Presidente del Gobierno dice que el PP es "la derecha extrema" cuando sabe que representa a la mitad aproximada del electorado y cuando ese partido y el PSOE dejan prácticamente de intentar entenderse en asuntos comunes y se impide que hable la verdadera Oposición, la democracia queda muy disminuida en España. Como la sociedad se muestra indiferente, pasiva y asqueada, es probable que lleguemos a no disponer de demócratas bastantes para seguir viviendo en democracia y que volvamos a un nuevo tinglado de la vieja farsa. Eso puede ocurrir tratando de expulsar al PP de la vida pública; si prosperase ese afán, asistiríamos políticamente a una especie de suicidio de la democracia.

No trato de fantasear sino de retratar nuestra realidad nacional que, en manos de los nietos de los que se combatieron hace setenta años calculando desde el levantamiento de Julio de 1936 y setenta y dos calculando desde el de Octubre de 1934, cabe que esa realidad recupere sus negros tintes de entonces, si perseveran en sus inexperiencias algunos de aquellos nietos. La política no es un oficio sencillo y requiere que los oficiantes hayan tenido antes algún otro trabajo, que no lleguen tan arriba sin un almario de saberes concretos e indispensables; entre muchos otros, aquel de que el poder nunca consiste en dar "cuatro pasos por la nubes" ni en prender mechas con palabras imprudentes.

Reflexionemos todos (también los que vemos lo que pasa y podamos creer que sólo les pasará a otros), sobre una verdad elemental: siempre que España se puso al borde del abismo o cayó en él, se había producido antes una baja general de voluntades democráticas y no digo de éste o de aquel lado, digo "general", aunque no fuera absoluta, pero si tan abrumadora que las actitudes individuales aunque lúcidamente democráticas, no podían significar nada; acordémonos de que la democracia, si bien es mucho más, requiere que predomine el número de los demócratas y si no, no puede haber democracia.

Si existe un propósito que debiera ser irrevocable y común a todos los demócratas en España y a todos los que vivimos en ella, pertenezcan o no pertenezcan a una de esas minorías que llamamos partidos (necesarios pero ni únicos ni principales), ese propósito debería ser el de no recorrer, de nuevo, los caminos que nos llevaron a discordias civiles como las que padecimos todos, no solamente algunos, en el pasado siglo, por no ir más lejos.

Aprendamos que no habrá democracia sin demócratas y que tampoco habrá democracia si alguien se empeña en convertirla en régimen de un sólo signo ignorando la pluralidad política. Para acabar con humor, sin perjuicio de la seriedad, recuérdese esto: "No convendría que todos pensásemos igual; la diferencia de opiniones es lo que hace posibles las carreras de caballos".