Hay dinámicas socioeconómicas que tienen efectos secundarios prácticamente inevitables: si nuestro crecimiento se ha basado fundamentalmente en la construcción y ha promovido movimientos especulativos, la corrupción era una consecuencia prácticamente inexcusable.

La economía española ha cabalgado estos años sobre dos motores que no dependían de nuestro esfuerzo. Como no hemos sudado la riqueza, no la valoramos lo suficiente como para exigir un reparto. Todo el mundo cree que es un poco rico porque le dicen que su casa valdrá más. Los que las construyen y las venden se han quedado con la parte del león mientras los salarios no se homologan con Europa y la justicias redistributiva solo pide reducción de impuestos.

La burbuja inmobiliaria es una pirámide que puede reventar cuando los grandes beneficiarios ya han vendido sus promociones convenciendo a los españoles de que una casa muy cara merecía una hipoteca enorme porque luego valdría más. Las constructoras y los bancos se reparten el pastel y no encuentran límite en su alza bursátil. ¿Alguien pensaba que un escenario así se podría levantar sin la ayuda inestimable de los grandes núcleos de corrupción urbanística e inmobiliaria? Periodista