Aishah Azmi, profesora musulmana en un colegio inglés, ha sido suspendida por negarse a quitarse el velo mientras imparte las clases. Hemos tenido ocasión de verla recientemente en los telediarios: cubierta completamente de negro de la cabeza a los pies, apenas se adivinaban sus ojos en una pequeña abertura de su hiyab. Resulta difícil de imaginar por ahora que una profesora de un centro de enseñanza público español vaya por los pasillos y las aulas vestida de semejante guisa. Sin embargo, la polémica del velo islámico o de la ostentación de símbolos religiosos en general se mantiene viva desde hace años en otros países cercanos, como Francia o Gran Bretaña.

El enorme resurgimiento del velo islámico en algunos países y ambientes musulmanes ha sido objeto de numerosos análisis y diagnósticos: se ha mantenido que es una moda, un movimiento contracultural o de protesta, una reivindicación cultural, un exponente de lo que lo que ciertos sectores musulmanes consideran moral y socialmente correcto, una expresión de religiosidad personal, un producto de la coerción social o familiar o un signo de reivindicación femenina musulmana frente a la imagen rechazada de mujer-objeto tan en boga en el mundo occidental.

Sea como fuere, y aun reconociendo las dificultades de comprender en sus justos términos un fenómeno perteneciente a otra cultura, hay aspectos y elementos que no pueden ni deben obviarse en el polémico asunto del uso del velo islámico. En primer lugar y por encima de cualquier otra consideración, la igualdad plena y absoluta de la mujer y del hombre. Sin duda, queda aún mucho trecho por recorrer y muchos aspectos que mejorar en este asunto en todo el mundo. Sin embargo, sería inadmisible que alguien, invocando una cultura, una tradición o una creencia, pusiera en tela de juicio esa plena igualdad de derecho y de hecho entre mujeres y hombres.

HACE UNOS AÑOS, constatando la creciente importancia que el Islam va teniendo en todo el mundo, incluido nuestro país, tuve la paciencia de leer el Corán. Allí encontré textos de gran altura y espiritualidad, pero también otros textos donde se afirman y prescriben cosas inaceptables. Por ejemplo, que los hombres son superiores a las mujeres (II, 228; IV, 38) por voluntad divina; que las mujeres deben ser obedientes y sumisas, y que a las que no lo sean se las puede azotar (ibidem). Por otro lado, la casuística de cuándo, dónde, qué y ante quién deben cubrirse las mujeres (XXXIII, 55; XXIV, 31) es de difícil comprensión, a la vez que pone de manifiesto valores, puntos de vista y sensibilidades algo más que discutibles.

Hay quien aduce que todo eso forma parte de las creencias religiosas y pertenece al ámbito de lo privado. Dejando ya de lado que, visto desde una perspectiva agnóstica, pueda alguien creer en un Dios, creador del universo, que ande ocupado y preocupado por semejantes atuendos, costumbres y fruslerías (un aspecto aplicable igualmente al Dios de las demás religiones), ninguna creencia, cultura, pueblo o tradición puede atentar contra los derechos fundamentales de la persona. Es posible que la profesora Aishah Azmi esté movida por ideales y valores respetables para reivindicar su atuendo, pero en cualquier caso tales ideales y valores nunca podrían sustentarse en la merma o la lesión de los derechos de todos y cada uno de los seres humanos.

MUCHOS SIGLOS de historia, muchos siglos de injusticias, dolor, humillación y violencia han pasado hasta que las mujeres han logrado el reconocimiento de su igualdad plena y sin paliativos con los hombres. De hecho, tal reconocimiento constituye una de las mayores conquistas logradas en la historia de la humanidad.

Precisamente porque aún quedan muchos aspectos de esa igualdad por hacerse realidad, condescender o admitir un solo signo, costumbre o institución, que impliquen o signifiquen la inferioridad o la sumisión de la mujer sería un claro paso atrás no sólo para las mujeres, sino también para el conjunto de los seres humanos. El bienestar general no es concebible ni aceptable si media humanidad --las mujeres-- deben soportar la desigualdad y la imposibilidad de desarrollarse como personas y como mujeres en libertad, en igualdad y en autonomía plenas.

Personalmente, si algún día llego a ver en el aula a una muchacha portando el hiyab, me gustaría decirle (como a cualquier otro alumno) que, como profesor, necesito al menos ver su cara y sus manos, pero también su existencia libre, abierta, autónoma y responsable. ¿De qué serviría, si no, estar enseñando filosofía y ética, si hubiere de renunciar a la honesta y limitada verdad que cada día intento comunicar a mis alumnos: búsqueda del saber, libertad, igualdad y coherencia?

Profesor de Filosofía