Hace ahora un siglo, Santiago Ramón y Cajal recibía un escueto telegrama en alemán en el que se le anunciaba la concesión del Premio Nobel de Fisiología y Medicina de 1906. Culminaba así el reconocimiento por parte de la comunidad científica internacional de un investigador que, solo 20 años antes, era un perfecto desconocido, natural de un país atrasado y en el que apenas había tradición investigadora. Se completaba la gesta personal de un hombre capaz de seguir el impulso de su curiosidad intelectual, más allá de la incomprensión e indiferencia de sus compatriotas.

Resulta difícil hacerse hoy una idea cabal del salto científico que supuso pasar de la idea, entonces dominante, de que el cerebro es una red inextricable y continua de fibras nerviosas, recorrida por impulsos propagados en todas direcciones sin orden aparente, a la concepción, preconizada por Cajal, de un conjunto armónico de elementos independientes, las neuronas, conectadas entre sí de acuerdo con un plan organizativo definido, que abría las puertas a explicar racionalmente los procesos cerebrales. No es de extrañar que Cajal, arquitecto de tan revolucionaria visión, tuviera que luchar hasta la muerte contra sus detractores, si bien gozó, al mismo tiempo, de la admiración rendida de muchos de sus contemporáneos científicos.

Con todo, de haberse centrado Cajal en el estudio de cualquier otro órgano del cuerpo humano, sería recordado ahora solo como uno más del escogido grupo de científicos que, en el cruce de los siglos XIX y XX, se afanaban en la búsqueda de un entendimiento racional del mundo. La trascendencia que el conocimiento del cerebro tiene para los aspectos más propios de la naturaleza humana, da, sin embargo, a los hallazgos del investigador español una significación única, al proporcionar una prueba objetiva de que el cerebro es accesible a la comprensión científica. Con la demostración de la individualidad de las neuronas, la especificidad y plasticidad de sus conexiones o el enunciado de los principios que rigen el desarrollo y formación de los sofisticados circuitos que sustentan las distintas funciones cerebrales, Cajal sentó los cimientos de la investigación neurobiológica actual, y se colocó, con pleno derecho, a la altura de otros gigantes de la ciencia como Darwin o Einstein.

LA CIENCIA actual proporciona, cada día, nuevos y sorprendentes datos sobre el cerebro. En él se construyen y fundamentan la conducta humana, individual y social, y sus afecciones patológicas, desde la depresión hasta la demencia senil, que constituyen una plaga en las sociedades desarrolladas y una fuente de devastador sufrimiento individual y familiar. A medida que se van dilucidando con mayor detalle los mecanismos neuronales que sustentan patrones de conducta tan variados como la capacidad para predecir las consecuencias de nuestros actos, las respuestas agresivas o la búsqueda de recompensas, y se define su grado de dependencia de factores genéticos y ambientales, va siendo más evidente el impacto social de la neurociencia y también la necesidad de confrontar, desde su perspectiva, una serie de nuevos y complejos dilemas éticos. El descubrimiento de nuevas técnicas para escudriñar las áreas del cerebro vinculadas a las muy diversas funciones de éste está haciendo posible relacionar su actividad eléctrica o metabólica con los más sofisticados procesos intelectuales y emocionales. Ello abre capacidades inéditas para entender las bases físicas de funciones como el lenguaje, el pensamiento abstracto, la memoria, los sueños o las reacciones de ira o miedo, pero también plantea la necesidad de medidas legales y sociales que protejan de su uso ilegítimo.

LOS AVANCESespectaculares de la genética y la biología molecular, aplicados a la neurociencia, se han traducido en un conocimiento cada vez más profundo de los condicionantes genéticos del desarrollo del cerebro y del componente hereditario de ciertas características intelectuales y emocionales. Las repercusiones de estos hallazgos en campos como la justicia o la educación son evidentes. Finalmente, hay que recordar que la modulación de la circuitería y el desarrollo del cerebro pre y posnatal empieza a ser algo más que una fantasía científicamente ilusoria, al igual que ocurre con la posibilidad de estimular artificialmente, con métodos físicos y farmacológicos, áreas cada vez más definidas del cerebro, en las que se elaboran percepciones y conductas muy específicas. De qué modo emplearán los seres humanos esas poderosas y potencialmente temibles herramientas debe ser motivo de reflexión a la hora de debatir cómo queremos la sociedad del mañana.

En los próximos años, los nuevos descubrimientos sobre el cerebro sin duda lograrán mejorar la lucha contra sus enfermedades y seguramente, también, pondrán en evidencia que la exploración de este fascinante órgano es el camino mejor para explicar racionalmente la naturaleza humana. Y confirmarán aún más, si cabe, la importancia crítica que la figura y el trabajo de Cajal han tenido para que la humanidad haya podido avanzar hasta donde se encuentra hoy en esa apasionante aventura.

Director del Instituto de Neurocienciasde Alicante, UMH-CSIC