El robo de más de 300 armas cortas por ETA en el sur de Francia es una mala, muy mala, noticia, pero que debe desdramatizarse. Porque de momento no supone una acción irreversible que hunda definitivamente el proceso de paz, aunque ciertamente lo perjudique. Primero, la banda no había renunciado a autoabastecerse de armas y dinero, por lo que, técnicamente, no ha roto el alto el fuego; segundo, puede limitarse a ser una provocación de ETA en respuesta a la acción judicial contra su entorno. Lo último: intervención de las herriko tabernas, procesamiento de Otegi y otros dirigentes batasunas por integración en la banda. Los etarras sostienen desde siempre que el poder judicial no es independiente del Gobierno y actúa siempre al dictado de este, lo cual le lleva a responsabilizar al Ejecutivo de toda actuación legal.

El robo de pistolas es una mala noticia porque envía a la opinión pública un mensaje terrible: que las cosas están tan mal que procede rearmarse, y deja en una situación embarazosa al Gobierno, para regocijo del PP. El Gobierno cometería un error si se dejara impresionar por la provocación etarra. Es el momento de mantener la firmeza del Estado a la espera de que la banda mueva ficha a favor de la distensión y no de la confrontación. También se equivocaría si renunciara a seguir explorando los caminos hacia la paz.