Afortunadamente parece que esta vez la cosa va en serio y que, vistas las orejas al lobo, la gente está realmente preocupada por el caos circulatorio. Sin embargo, no parece sencillo convenir en qué tipo de medidas convendría adoptar, dado los intereses en juego (cuando se habla de dineros ya saben que la carne es débil). Uno, que jamás ha conducido un vehículo y por lo tanto es devoto por obligación de los servicios públicos, de la bicicleta y del ¡coche! de San Fernando, añora el metro, máxime cuando hay lo que hay --difícil de reparar, con muchos culpables y muchos dineros por medio--, cuando la ciudad se está extendiendo y cuando todavía lo hará más en el futuro. El metro es un servicio cuyo rendimiento es óptimo en todas las grandes ciudades, pero al parecer todos se han equivocado salvo nosotros, erre que erre, más listos que nadie. En tanto no llegue, el dios vehículo continuará siendo dueño y señor de las calles, rey de contaminaciones y esquizofrenias mil. Para empezar con medidas suaves, como ya señalé en otra ocasión, ¿no podría condonar nuestro Ayuntamiento el impuesto de circulación a quienes firmen el compromiso de no usar el coche en la ciudad?

Profesor de Universidad