De los cálculos sobre el coste final de los tropiezos que han complicado la rehabilitación del antiguo Seminario se deduce que hubiese sido mucho más barato y útil derribar aquel edificio (carente de valores históricos o artísticos) y construir sobre su solar una dependencia municipal de nueva planta. En todo caso podía haberse conservado, a título simbólico, algún elemento que rindiera tributo al arquitecto Santiago Lagunas, quien no brilló precisamente en el Seminario de Zaragoza pero sí fue un gran artista.

Al margen de cualquier debate sobre el valor de esos muros y esos pilares con más arena que cemento, lo que ahora tenemos sobre la mesa es un sobrecoste que empieza a ser demasiado notorio y no se sabe por cuenta de quién irá. Los políticos y los técnicos de las instituciones están pegándole al dinero de todos unos viajes impresionantes sea por impericia profesional, por soberbia o por pura ignorancia. En sólo dos inmuebles de Zaragoza, el Fleta y el Seminario, se van a enterrar decenas de millones de euros que sin duda alguna hubiesen tenido un destino mucho mejor y más rentable para la ciudadanía. El hábito de pagar mil por lo que podría costar quinientos se ha convertido en un factor habitual de las administraciones públicas aragonesas. Y lo peor de todo es que temas como los citados nos mantienen distraídos de otros que a medio y largo plazo han de ser mil veces más importantes.