Cuesta entender que la fiscalía general del Estado --el Ministerio Público que es, junto con las fuerzas de Seguridad, uno de los principales escudos de la democracia-- esté haciendo estos días horas extraordinarias por culpa de un terrorista, autor de once atentados y veinticinco muertos. Un asesino que, gracias a una ley penal franquista, sólo ha cumplido 18 años de prisión de los 3.000 a los que fue justamente condenado. Un sujeto de esa calaña no andaría suelto ni un minuto en un país civilizado. Con Franco, teníamos la pena máxima de cárcel en los 30 años --había pena de muerte, pero no cadena perpetua-- y, además, los presos podían redimir condena estudiando, realizando distintas actividades más o menos chuscas e incluso, lo que resultaría hilarante si no fuera hiriente, haciendo tai-chi. Con la democracia hubo, por si alguien no lo recuerda, dos generosas amnistías. Pero hubo sedicentes "patriotas" vascos que, a pesar de todo, siguieron matando impertérritos. Otros, muy pocos, se arrepintieron.

Pero el etarra de Juana Chaos es un delincuente claramente irrecuperable. Lo demostró hace dos años en el periódico Gara. En una carta advertía que "el enemigo está crecido" (el enemigo éramos nosotros) y en otra denunciaba como torturadores, con nombre y apellidos, a seis directores de prisión. Arengar públicamente al entorno de la ETA y poner la diana en la espalda de seis funcionarios puede salirle barato. Con las contorsiones legales le pueden caer unos seis años de cárcel, o así. Joder.

Periodista