Las ciudades son un atractivo mosaico de culturas y gentes, de relaciones contradictorias y de expresiones de libertad. El desarrollo del fenómeno urbano ha logrado reflejar en los entramados de las calles y las plazas de las ciudades los rasgos propios de cada época y también los de sus clases dominantes. Así se refleja, por ejemplo, en las zonas centrales, donde los grupos de poder han ido, a lo largo de los tiempos, marcando un dominio exclusivo de este territorio, estableciendo usos limitados y privativos.

A esas situaciones se han sumado hoy otras, orientadas al consumo colectivo y organizadas en función de un intensa presencia de vehículos, que han terminado por conformar áreas marcadas por un cierto decaimiento, donde se vive deprisa y se favorece la vida impersonal.

Por eso, en palabras del sociólogo urbanista Richard Sennett, se hace preciso retomar la ciudad humana. Propiciar que las personas que la habitan salgan, se relacionen, pongan en común sus culturas, sus diversas maneras de ver y sentir.

PARA LOGRAR este nivel de relación y de convivencia, se hace preciso que el espacio urbano sea reconquistado por sus habitantes. Este tipo de planteamientos anima a los sociólogos urbanos y a los urbanistas a proponer la peatonalización de amplias zonas, preferentemente los centros de las ciudades para entregarlos a una suerte de transformación que supere la historia y los sobreusos vinculados a la evolución económica. Es decir, que tenga al hombre como el centro de su futuro devenir.

Con esta misma filosofía se engarzan los esfuerzos que se hacen en Zaragoza, aunque --dicho sea de paso-- de manera paulatina, por eliminar la circulación rodada del centro. Esta forma de concebir la ciudad ya se recoge de manera clara en el Avance del Plan Intermodal de Transporte- Plan Sostenible de Movilidad (PIT), donde se habla de librar de circulación 40.000 metros cuadrados en el Casco Histórico.

Hay que volver los ojos hacia esas ciudades del Renacimiento italiano; encontrar la dimensión humana que nos anima a vivir en la calle, a estar con los demás, que hace florecer el arte, la cultura y que da personalidad a nuestros entornos. Esta idea fuerza nos obliga además a redefinir el papel del coche en la sociedad y, por supuesto, los hábitos personales a la hora de organizar nuestra movilidad.

También en este caso, pensamiento y acción están yendo de la mano en Zaragoza. El PIT nos debe ayudar a dibujar otra vez la capital aragonesa; las otras posibilidades que hay de moverse por ella, de pasearla y recorrer cada uno de sus barrios. La red de aparcamientos disuasorios (se han planteado 16 nuevos; nueve en los accesos a la ciudad y cinco en el casco urbano, con un total de 44.000 plazas para residentes), la de bicicletas (se propone ampliar la red existente en 58 kilómetros; crear un entramado de 7 kilómetros en los municipios para conectar con las redes de transporte colectivo y un programa de vías interurbanas de 145 kilómetros), la de buses (que dispondrán de 40 kilómetros de carriles específicos), la de cercanías y el tranvía ligero deben ser las herramientas para reinventar la ciudad y para convertirla en un entorno intermodal; es decir, que nos permita utilizar todas las infraestructuras y todos los medios colectivos con comodidad y rapidez.

NO SE TRATA de un estéril debate tranvía/metro, porque ninguna fórmula es excluyente, sino de ser conscientes de que la transformación que hemos planificado para Zaragoza nos está llevando a una auténtica revolución urbana, que no podemos desaprovechar.

El tranvía, apoyado en el resto de opciones que contempla el PIT, nos ha de permitir gozar de una ciudad compartida, con un centro reciclado, reflotado y abierto para el ciudadano, y con todas las posibilidades de evolución intactas.

El tranvía ha de permitir a los ciudadanos moverse más y mejor, pero además, romper con una visión de la ciudad estática y poco adaptada a su tiempo. Los cambios están a la vuelta de la esquina, a la espera del empuje que deben tomar instituciones y ciudadanos al alimón.

Y, en paralelo, la red de cercanías, una infraestructura ferroviaria, desaprovechada en la actualidad, que se ha de incorporar a la nueva red de movilidad imprimiendo, además de gran capacidad de carga, velocidad para atender las necesidades urbanas y las del entorno de Zaragoza, cada vez más dinámico. Esta red, que cruza la ciudad de este a oeste e incorpora tramos subterráneos, tiene la virtud de ser susceptible de sucesivas ampliaciones en función de la demanda.

En este compromiso y en esta obligación de regeneración de la ciudad, pilotada por la movilidad urbana, debemos caber todos y todos debemos legitimar un proceso que nos hará modernos, atractivos y con buenos índices de calidad de vida. Anclarnos en inmovilismos nos cierra como colectivo, como ciudad de ideas. Seguir adelante nos obliga a trabajar, a cambiar, a apostar por una sostenibilidad que cada día se hace más necesaria en lo social y en lo medioambiental.

Primer Teniente de Alcalde de Presidencia de Zaragoza