Acaba de celebrarse el Congreso de las Comunidades Aragonesas del Exterior y es justo destacar la importancia de esa celebración, nada sencilla, aunque no tan dificultosa como la primera de ellas que tuvo lugar allá por abril de 1991, tras vencer una dura resistencia parlamentaria y mediática de PP y PSOE.

Se decidió celebrar aquel congreso de un viaje que hice como presidente de esta Comunidad Autónoma, invitado por entidades aragonesas de Sudamérica, para asistir a los actos conmemorativos del setenta y cinco aniversario del Círculo de Aragón en Buenos Aires y al Congreso de Casas Regionales del Cono Sur en Santiago de Chile. Aunque la rentabilidad política de esos contactos con colectividades aragonesas del exterior sea difícil de contabilizar, es de justicia que desde aquí se cultiven con todas, desde la más austral de nuestras casas, la chilena, hasta las más próximas como Lleida, Rioja o Soria, vecinas entrañables.

Los expresidentes de la Comunidad de Aragón somos miembros natos de esos congresos y agradecí, sinceramente, la oportunidad de abrazar a viejos aunque siempre jóvenes amigos y tristemente, la de conocer que algunos ya se fueron a la otra orilla, como Ana María Aragón, que se quedó para siempre en su Chile del alma. Estos congresos conllevan un halo de ternura y de nostalgia irreprimibles; "creí mi hogar apagado y revolví la ceniza: me quemé la mano..."

Aunque abrazarse no sea poco, estos congresos son algo más que sentimiento; propician líneas de comunicación, de asistencia y en fin, de colaboraciones diversas, siempre en torno a la idea básica de mantener el calibo común y de procurar que luzcan en cuentas sus resultados, huyendo, desde luego, de confundirlos con la política menor del "quiero votos" que no sólo de votos vive el político y los aragoneses no sólo viven en Aragón; Aragón está en muchos sitios.

Las ponencias abordadas en las sesiones de trabajo del congreso acreditan que hay que "echarle más tierra al arado" para asegurar la vinculación de nuestras casas del exterior con las instituciones de nuestra comunidad; por ejemplo, es indispensable contar con los jóvenes y estimular las actividades que, pensando en Aragón, se puedan desarrollar en tantos lugares.

Ya apunté al principio lo duro que fue organizar el primero de esos congresos; al regresar de aquel viaje a Argentina y Chile, allá por noviembre de 1990, anuncié con beneplácito general que en la primavera del año siguiente nos proponíamos celebrar el I Congreso Mundial de las Comunidades Aragonesas del Exterior, pero al llegar febrero, PSOE y PP (nuestro coligado de entonces, ¡quien lo hubiese dicho!) se concertaron para adoptar algunas iniciativas parlamentarias que impidiesen la celebración del congreso porque se habían percatado, rara perspicacia, que en junio siguiente habría elecciones; temían que aprovechásemos el congreso para hacer de sus actos una anticipada campaña electoral; mal nos veían y peor juzgaban a nuestros paisanos del exterior suponiendo que se dejarían conducir por donde los "taimados agentes electorales del PAR" quisieran llevarles.

"Cosas tenedes, buen Cid/,que farán fablar las piedras/ pues por cualquier niñería/ facéis campaña a la iglesia" le dijo el rey de Castilla a Rodrigo de Vivar cuando éste amagó con sacudirle a un monje de San Pedro de Cárdena por impertinente. Pues, casi igual.

No hay espacio para contar cuanto pasó entonces, que fue mucho y en ocasiones grave, aunque sí digo que contribuyó algo a una decisión que tomé tras aquellas elecciones, pero, desde luego, el congreso se celebró y todos callaron cuando advirtieron que no se aprovechaba para hacer política de campanario.

Celebro que la inquina que entonces se derrochó contra el PAR, bastante personalizada por cierto, haya desaparecido en los dos congresos que siguieron a aquel; todos aprendemos razonando aunque jamás entendí que fuera tal comportamiento el que cupiese esperar de un coligado. Al acabar el acto de clausura de aquel primer congreso, el portavoz parlamentario del PSOE, Alfonso Sáenz Lorenzo, se acercó a felicitarnos y a reconocer, caballerosamente, que nada de lo acaecido en él había tenido el menor tinte electorero.

Aun estoy esperando (naturalmente, en vano), que alguien del Partido Popular hiciera lo mismo porque estaba más obligado que aquel a explicarme un gesto tan escasamente digno y que me abrió los ojos sobre lo que yo, al menos yo, podía esperar de mis coligados.

La deslealtad es mala compañera de viaje.