Se acerca ya, a vertiginoso paso, el fin del mandato 2003-2007 y con él, más que el tiempo de los debates, se aproxima el momento del balance, de la recapitulación, de la medición de resultados.

Creo que los mandatos institucionales de cuatro años son demasiado cortos y que, en una futura modificación de la Ley Electoral, deberá abordarse un periodo de cinco o seis años para dar mayor estabilidad al sistema político y conseguir evitar la vulnerabilidad del gobernante a cuestiones muy coyunturales y, así, permitir una planificación y ejecución más realista de los objetivos sociales a cumplir.

Hasta que llegue esa deseable reforma, estamos sometidos a las limitaciones actuales, que determinan que el primer presupuesto a desarrollar venga del anterior mandato, que el último no tenga plazo suficiente para ejecutarlo, así que, en sólo tres ejercicios, se debe concentrar la rotundidad de un programa político.

El alcalde Belloch empieza ahora a desechar la realización de inversiones que hace años consideró prioritarias, como el tranvía o el metro o las reformas de calles, en unos casos consciente de que habló demasiado de "hacer toda la Ciudad" en un plazo ilusorio y, en otros, para evitar las incomodidades tan exasperantes de las obras, una vez comprobado el escaso efecto de las campañas propagandísticas (carísimas, eso sí) para aplacar las iras del peatón o del conductor atosigado en el laberinto urbano.

En su programa electoral, Belloch anunciaba una extensísima relación de obras y proyectos sociales que le parecían absolutamente prioritarios. Pero las hojas de aquel programa, que le dio una exigua ventaja de votos sobre mi candidatura, han ido cayendo, sembrando un cementerio de ideas sobre la pérdida de credibilidad política por tantos incumplimientos, por tantos propósitos aparcados, por tantas aspiraciones fallidas. Aun corrigiendo "el examen" con benevolencia, punto por punto, el suspenso es categórico.

¿Qué hay de sus propuestas tan contundentes y agresivas sobre los suelos militares, o los parkings por toda la Ciudad, o el Plan de Barrios, o las bibliotecas, o las reformas de calles o de la congelación de los impuestos o del software libre ... qué hay, en suma, de aquel deseo de aportar mejoras en todos los ámbitos de la Ciudad? Pues, a la luz de los hechos, poco.

Conformarse con lo evidente es un mal síntoma en un político, esté en gobierno o en oposición, pues jamás se debe renunciar a la puesta en marcha de reformas, de iniciativas, de proyectos. Y esa es la actitud de Belloch, un alcalde acomodado sobre las transformaciones en marcha y sin pulso para acometer procesos que no requerirían obra ni inversión.

Que Zaragoza se mueve a buen ritmo es evidente, contando con la necesaria inversión nacida de los compromisos de la Expo y de convenios precedentes (traída de aguas de Yesa, suelos de Delicias y El Portillo, viviendas de Valdespartera, terrenos de la cárcel de Torrero, cinturones de circunvalación,...). Pero no es evidente que la acción municipal haya mantenido el nivel y ritmo que alcanzó en etapas anteriores. Al contrario.

Una vez que en el escenario político y social se ha apeado el conflicto del trasvase del Ebro, generador de una fuerte convulsión ciudadana, el debate sobre la acción municipal en Zaragoza no puede ceñirse sólo a lo que rodea la Expo. Los zaragozanos requieren gestión en otras muchas parcelas públicas que están olvidadas en esa extraña priorización de "lo que sirva para la Expo, adelante, y no importa cómo". Los corifeos de Belloch anunciaban un alcalde "responsable de los asuntos ciudadanos" y del que "no veremos su ausencia en los asuntos importantes de la Ciudad". Y, precisamente, su primer error ha sido no pisar la arena ciudadana. También queda como anécdota la "relación permanente y fluida entre el Alcalde, los ciudadanos y las entidades en que se organiza", pues ni siquiera en el proyecto Expo se sabe mantener el grado de implicación suficiente con el tejido social y profesional de la Ciudad.

Cuando hable del estado de la Ciudad, podrá repetir el discurso de hace un año, con pocas actualizaciones. Y no es cuestión de hablar, sino de hacer. No es cuestión de conformarse, sino de aplicarse en incentivar aún más proyectos. Releer su programa electoral (o quizá, déjenme ser malicioso, leerlo por primera vez) le aportará frescura de ideas y, si realmente tiene madera de buen gobernante, lo espoleará para acometer y emprender los cientos de proyectos que duermen ignorados.

En este caso, del dicho --por escrito-- al hecho hay ... un abismo.

Senador y Exalcalde de Zaragozawww.atares.es