Estén mejor o peor escritos, los libros testimoniales pueden y deben ocupar un cierto lugar en la atención del público lector, debido fundamentalmente a su carácter documental.

Ese tipo de solvencia informativa, de seguridad, la de que todo lo que allí se cuenta ha sido vivido, contrastado (y, en tantas ocasiones, sufrido), aporta a este tipo de textos una carga de veracidad, de realismo, que el periodista, o el escritor de género, aprecia en sumo grado.

Un ilustrativo ejemplo de estas reflexiones sería el relato, recién aparecido, de Nigo Sola, Diario de un ambulaciero.

En dicho libro, que puede leerse a modo de una novela, o, más exactamente, como un guión compuesto por una serie vertebrada de episodios, su autor aspira a trasladarnos, de manera sincera y crítica, su experiencia como ambulanciero. Sola nos resumirá, de manera emotiva y vibrante, los casos a los que ha debido enfrentarse a bordo de una ambulancia, el impacto emocional de muchas de las escenas y cuadros a los que tuvo que asistir como profesional sanitario y, lo más importante, su personal sinopsis de ese mundo de sirenas, dolores, calamidades, heroísmos, milagros, ruindades. Asimismo, en su parte más teórica, el volumen denunciará supuestas irregularidades o carencias en la cadena de atención sanitaria.

No todo es negativo, ni mucho menos. En el prólogo, Sola desvela una de sus intenciones más positivas, la de proponer la obligatoriedad, o, siquiera, la posibilidad de elegir de forma voluntaria la realización de una especie de cursillo sobre primeros auxilios en todos los colegios, públicos y privados. Paralelamente, el autor propone también la puesta en marcha de talleres para adultos donde se aprenda a realizar un vendaje, a llevar a cabo una inmovilización, una reanimación o un masaje cardiovascular.

El Diario de un ambulanciero comienza a las seis y media de la mañana de un día cualquiera, en el parque móvil del servicio metropolitano de ambulancias. Cada una de ellas lleva, como mínimo, el siguiente equipamiento: botella de goma para la resurrección cardiopulmonar (ambú), gafas y mascarillas, guantes de látex, material isotermo, botiquín, mantas y sábanas de repuesto, sueros y medicación, foco halógeno, férulas de vacío, camilla de cuchillas, martillo rompe--lunas, juego de collarines, sondas de aspiración, apósitos quirúrgicos, etcétera.

Comienza la jornada. Un accidente, otro, una crisis nerviosa, una herida de arma blanca, un desmayo en la calle, un cuadro de intoxicación etílica, otro de pirulos, o pastillas de diseño, golpes, sangre, dolor. El ambulanciero y sus compañeros tratan de hacer su trabajo lo mejor posible, sin que les afecte todo lo que ven alrededor, sin dejarse impresionar "por la fragilidad de la vida y el falso orgullo que alberga la condición humana", pero no siempre lo consiguen. Ni siempre consiguen evitar un exitus, un paciente perdido en los primeros auxilios o durante su posterior traslado al hospital.

Un documento en carne viva, un auténtico cuaderno de bitácora, una intensa reflexión.

Escritor y periodista