Es muy probable que, pese a todo, el proceso de paz acabe bien... o medio bien. Si así ocurre será por la pura fuerza de la gravedad geopolítica que señala la imposibilidad de que una organización terrorista sobreviva en un espacio democrático, económicamente desarrollado y laico. Pero en caso contrario el fracaso a la hora de lograr la desactivación y el desarme de ETA sería imputable en lo fundamental a la desaforada sobreactuación que se está produciendo en relación con tan decisivo asunto. Dicha sobreactuación ha llenado el escenario vasco, español y europeo de gritos, exclamaciones, muecas y movimientos destemplados. La verdad es que no hay argumento que resista semejante delirio.

Sobreactuar es una cosa muy mala cuando la teatralización de un proceso (o sea, su traducción simbólica al terreno de los gestos políticos y mediáticos) es un factor si no decisivo, si muy importante. Por todo lo cual agobia a cualquiera ver cómo el Gobierno de España incrementa los riesgos y las piruetas en su empeño por demostrar que puede dar todo tipo de saltos mortales sin perder nunca el equilibro. El penúltimo ejercicio circense de Zapatero y los suyos (celebrado bajo la extraordinaria carpa del Parlamento europeo) acabó bien de puro milagro, con una votación apretadísima. ¿Era necesario afrontar justo en este momento un reto de semejante envergadura? ¿Tan imprescindible resultaba la carta europea?

Pero también sobreactúan o sobreactuaron el Gobierno vasco y la práctica totalidad de las fuerzas políticas (democráticas) de Euskadi. Y Esquerra Republicana y el presidente navarro y hasta el defensor del pueblo. Demasiados forcejeos, demasiados codazos y patadas bajo las mesas, demasiadas ganas de jorobar a los demás y de capitalizar electoralmente la hipotética paz.

Ha sobreactuado de forma mayúscula el Partido Popular y quienes por una u otra razón han decidido seguirle el juego. El principal partido de la oposición ha ido a sabotear el proceso desde el primer instante, sin dar tregua al Gobierno, sin permitirle enfriar y gestionar la complicada coyuntura. Y lo más terrible es que los conservadores vienen desarrollando su insensata actividad sin que los protocolos del diálogo entre el Estado y ETA hayan alcanzado ni de cerca el punto al que llegaron cuando Aznar hizo lo propio en unas condiciones mucho más inadecuadas. Quiere decirse que en este momento todavía no ha sido acercado a Euskadi (¡ni excarcelado!) un sólo etarra preso, todavía no se ha producido ninguna reunión formal entre el Gobierno y la dirección terrorista y todavía no se ha escuchado al presidente del Ejecutivo español llamar a ETA y su trama Movimiento Vasco de Liberación Nacional. Idéntica vergüenza se extiende a otra gente que hoy, desde los medios, desde los tribunales o en las calles de España, arman un barullo imponente y plantean unos recelos y unos ascos que en modo alguno se produjeron cuando el propio Partido Popular, entonces al mando, abrió los contactos con la banda mientras ésta mataba y la kale borroka incendiaba Euskadi de cabo a rabo. Es impresionante comprobar cómo quienes entonces mantuvieron un asoluto silencio ahora vociferan como energúmenos o, lo que casi es peor, van por ahí lanzando advertencias y presagiando el desastre. ¿O acaso a la Asociación de Víctimas del Terrorismo le parece bien que hablen con ETA los unos pero no que lo hagan los otros?

La sobreactuación conservadora resulta especialmente letal al taparle la salida al Gobierno. Aznar pudo iniciar un proceso y cerrarlo en falso porque la operación no iba a suponerle coste político ni electoral alguno. El país entero (incluídos los partidos de la oposición) le dimos carta blanca. Entendíamos que sólo sin temor al fracaso podría dar sin complejos el paso necesario. Zapatero no disfruta de las mismas condiciones. Si falla en su envite lo pagará caro. En tal sentido, quienes le sabotean y le cortan la retirada están haciendole el juego a ETA, que se crece y cada vez aspira a más porque ya se preocupan los conservadores y sus voceros de asegurarles que pueden permitirse ese lujo.

Naturalmente ETA y su entramado sociopolítico baten todos los récords de sobreactuación: amenazan, roban pistolas en Francia, mandan a sus chicos a quemar de vez en cuando un cajero automático... Pero que los terroristas y sus cómplices iban a salirse del tiesto era algo que estaba cantado. Lo raro es que los demás y en particular quienes dicen odiarles en mayor medida se dediquen a hacerles el juego transformando el tremebundo drama en una peligrosísima (para todos) ópera bufa.