El lunes fui a Madrid: una hora y veinte minutos. Un pelín caro, pero un placer. El miércoles fui a Valencia: cinco horas. Una tortura. El Ave en veinte minutos está en Calatayud. El otro tren, (¿regional?) que no tiene morro de pato, sino que es chato, chato, chato --igual es este el problema-- en veinte minutos casi, casi llega a Botorrita. Así no vamos a ningún lado. Para ir a Valencia la alternativa era el coche, pero entre tanto tramo antiguo, tramo en obras y miles de camiones en todos los tramos, me decidí por el tren. Es verdad que la autovía estará, esperemos, pronto. Ya era hora. Es verdad que en la vía también se ven obras, pero aquí ya soy mucho más escéptico. Si no tiene prisa, para ir a Valencia coja el tren, incómodo a más no poder, (he visto en Madrid y Barcelona cercanías más cómodos), pero podrá leer todos los periódicos del día, las dos últimas novelas recomendadas por Juan Bolea y hasta el Quijote. Ya pueden llevar a Teruel lo que quieran, pero o se invierte rápido en poner las comunicaciones a la altura del siglo XXI, o todo lo demás son parches. No es cuestión de dos legislaturas. Son treinta años de retraso, al menos.

Profesor de Universidad